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Escribo relatos diversos entretenidos y amenos.

A lo Bonnie and Clyde

 

 

A lo Bonnie and Clydeestampaalobonnie

 

Con 50 años me quedé en paro. Yo era conductor de la Empresa Municipal de Transporte. En el año 2030 se instauró de forma permanente la conducción automática. Nos cesaron a toda la plantilla. Por más reuniones que mantuvimos con el sindicato,  por más manifestaciones que protagonizamos para luchar por nuestros derechos y por más huelgas que convocamos todo resultó en vano, un esfuerzo infructuoso. Formaba parte de la plantilla de la empresa como empleado laboral fijo desde hacía 25 años. A nuestros superiores les dio igual. Conseguimos una indemnización y cada uno a su casa. Exigimos que al menos nos reciclaran para realizar otras funciones dentro de la empresa pero nuestras súplicas cayeron en saco roto.

Todos los autobuses se propulsaban ya de forma automática. Los vehículos autónomos para el traslado de personas y mercancías transformaron nuestra realidad urbana. La inteligencia artificial absorbió gran parte de las tareas que hasta entonces habíamos realizado, multiplicó incluso la productividad y modificó el foco de nuestro trabajo como personas.

Al finalizar el último día de trabajo me acomodé en la barra de un bar a ahogar mis penas en alcohol. Me tomé un par de birras acompañadas de aceitunas rellenas, mis favoritas. Me volví a inspeccionar el ambiente y entonces la vi. En una pista al son de la música bailaba una rubia despampanante. Le caía su melena en una cascada de rizos hasta la cintura. Se contorsionaba con una elasticidad sorprendente para su edad. Enfundada en unos pantalones de cuero negro manifestaba una belleza atlética incomparable. Cuando sus ojos grises se encontraron con los míos me dirigió una sonrisa majestuosa y flexionó su dedo índice para invitarme a bailar. Yo me acerqué embelesado. Una gorra negra de porte militar coronaba su cabellera. Lo mismo podría haber sido una extranjera que una diosa acomodada en su trono. Cuando la alcancé me guiñó un ojo. La cerveza me dio la vitalidad y el desparpajo que necesitaba para danzar con ella.

Los dos nos mostrábamos desinhibidos. Ella meneaba su cintura a un ritmo frenético. Yo me sumergía cada vez más en esa atmósfera onírica que solo la combinación de música y pasión puede crear. Danzamos, al menos, durante una hora seguida. Cuando terminó el bailoteo ambos nos encontrábamos empapados de sudor. Nos dirigimos a la barra y la noche culminó con un cuba libre. Lo curioso de aquella velada era que apenas nos hizo falta hablar para comunicarnos. Estábamos tan compenetrados que cualquier palabra sobraba. Éramos presa de la risa floja y empezamos a tontear y a morrearnos una y otra vez. Fuimos los últimos en abandonar el local.

─ ¿Te puedo llevar a algún sitio? ─le pregunté todo galante.

─ ¡Uy! Que anticuado eres. ¿Aún conduces tú? Son mucho más cómodos ¡hip! los vehículos autónomos. ¿No crees?

─Sí, claro. Y la plata también es necesaria para poder adquirirlos. ¡No te jode!

─Bueno, bueno, tampoco es para ponerse así, tío.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que ni siquiera me había dicho su nombre.

─ ¿Cómo te llamas? ─le pregunté.

─Diana.

─Bonito nombre. Yo me llamo Andrés pero todo el mundo me llama Andy.

─Mola, Andy.

─Venga, sube. Te llevo a donde quieras─le dije mientras abría la portezuela del copiloto.

─ ¿No estás demasiado borracho como para conducir?

─He conducido en peores condiciones, te lo aseguro.

─Vale, genial ¡hip! Joder, no sé como voy a estar mañana para el control con esta cogorza.

─ ¿Control?

─Hace tres meses salí de una comunidad terapéutica para drogodependientes y en el CAD me hacen un control semanal.

─ ¿En el CAD?

─Sí, en el centro de atención a drogodependientes. No me digas que no has oído hablar de él. Bueno, mejor para ti. Eso es buena señal, denota que estás limpio.

─ ¿Qué te metías?

─Lo mío fue una escalada de las que hacen campeonato, pibe. Empecé con hachís y luego me pasé a la coca. Menudas rayitas esnifaba, tío. Me daba un subidón de adrenalina que no veas. Además, me ayudaban a rendir más en el trabajo. Entonces, curraba en una empresa privada de secretaria de dirección. El problema es que llega un momento en que necesitas aumentar el consumo para que se produzca el mismo efecto. A eso le llaman los especialistas tolerancia. El mono de cocaína es lo peor que hay, Andy. Te entra un tembleque por todo el cuerpo insoportable, ansiedad, etc. No se lo deseo ni a mi peor enemigo.

─ ¿Por qué has bebido hoy si eres drogadicta?

─A ver, tío. No confundamos los términos. No soy alcohólica ¿vale?

─Pues no sé yo con la resaca que llevas encima.

─Mira quien habló. ¿Y tú qué, don perfecto? No tiene el caballero ningún vicio inconfesable ¿verdad? Pues vaya aburrimiento, hijo.

A mi pesar la atracción inicial que sentí hacia esta mujer crecía por momentos. Combinaba una vulnerabilidad con una personalidad arrolladora que la hacía irresistible. Yo no pretendía enamorarme de una drogadicta pero así es la vida. Tras facilitarme su teléfono empezamos a salir. Diana tenía otro hábito insano, ya que fumaba como un carretero. Le supervisaba con disimulo para asegurarme de que era tabacolo único que inhalaba.

Disfrutamos de unos días inolvidables: paseábamos por los parques, además, como ella tenía tarjeta de discapacidad y yo de desempleado visitábamos museos de forma gratuita. Y algunas veces nos sentábamos a tomar el aperitivo en alguna terraza céntrica. A Diana le gustaba mucho leer así que le acompañaba a bibliotecas para adquirir libros en préstamo. Y como a mí me gustan mucho las películas sacábamos unas cuantas y las veíamos en sesiones maratonianas que organizábamos en mi piso.

─Y ¿Qué pasó Diana, por qué perdiste tu empleo?

─Imagínate, Andy. Fue por culpa de las drogas, tío.

─Ya.

─ ¿No dices nada más?

─ ¿Qué quieres que diga? Yo no te voy a juzgar.

─No pareces muy preocupado por mí.

─Claro que sí, mi vida. Confío en ti y en tu fuerza de voluntad para que te mantengas abstinente.

─Hago todo lo que puedo.

─Lo sé, cielo, lo sé─y nos sentamos a contemplar el estanque mientras recostaba la cabeza en mi hombro.

Y así transcurrió el tiempo. El problema es que no me salía trabajo ni por asomo. Por más videoconferencias que producía para darme visibilidad, por más entrevistas presenciales que realizaba no resultaba seleccionado. Encima, mi casero me había subido el coste del alquiler y se me había agotado la prestación por desempleo. Mi madre, que llevaba años enferma de Alzheimer, pasó a mejor vida. Para más complicaciones, yo era el único de mis cinco hermanos que no podía asumir el coste de la plusvalía del piso que heredamos. La gota que colmó el vaso fue una recaída que sufrió Diana en el consumo de cocaína y que la condujo a un ingreso hospitalario de diez días.

Yo mantenía la tranquilidad pero solo en apariencia. Por dentro era un hervidero de emociones contradictorias que pulsaban por liberarse. ¿Cuál vencería? La respuesta se encontró en uno de los siete pecados capitales, la ira. Soy humano y resistí todo lo que pude hasta que estallé. Y fue entonces cuando decidí emprender un plan que muchos catalogarían de maquiavélico pero que a mí me liberaría de mis tensiones.

Navegué por el internet profundo con ayuda de un amiguete mío que es un auténtico hacker. Mi objetivo era buscar un sitio en el que pudiera no solo comprar un arma sino también aprender a manejarla. Me salí con la mía. Conseguí una pistola 92FS de recarga rápida y con corredera de excepcional fuerza y durabilidad a un precio módico. Así que accedí a un curso clandestino para aprender a utilizar mi pistola. Me enseñaron incluso a disparar con dos manos.

Cuando Diana salió del hospital mostró mucho interés por mi nuevo juguete.

─ ¿Qué pretendes? ─me preguntó con curiosidad.

─ ¿Tú qué crees? Me propongo atracar un banco.

─Pero ¿qué dices?

─Lo que oyes.

─No puedes hablar en serio. No me lo creo.

─ ¿Y por qué me iba a tomar entonces tantas molestias por adquirir un arma y gastarme un pastón en aprender a usarla?

─ Pensaba que querías cazar.

─Venga ya, Diana. No me seas ingenua. Estamos sin blanca. Por más que lo intento, no consigo curro. No tengo otra opción.

─Enséñame a usar la pistola. Tal vez pueda ayudarte.

─ ¿Tú? No me hagas reír. Te tiembla tanto el pulso que dudo que acertaras un solo tiro.

─Oye, seré drogadicta pero no idiota. Lo puedo controlar ¿vale? Tú eres mi novio y te quiero mucho. Voy a ayudarte a sacar adelante tu plan. Después de todo, atracar un banco no debe ser empresa fácil. ¿Te vas a atrever a desvalijar uno que esté controlado por ordenadores cuánticos? Además, hay engendros de inteligencia artificial fuerte, que vigilan y son difíciles de esquivar.

─Coño, pues tenemos dos opciones. O nos vamos a una sucursal en la que aún trabajen seres humanos o si no mi amigo el hacker desprogramará el software que dirige algunas de las oficinas.

─Enséñame a utilizar una pistola, Andy.

─ ¿Estás segura? Es un artilugio muy peligroso.

─ Del todo.

─Pero tienes que templar tu pulso, cielo.

─Lo haré.

─Vámonos al campo y probemos allí a disparar a latas.

Y allá nos fuimos. Durante un mes le acompañé a diario a zonas aisladas de la periferia o a municipios rurales con el único afán de enseñarle a usar un arma. Para mi sorpresa, tenía mejor puntería que yo. Cuando consideré que ya estaba preparada le compré una pistola idéntica a la mía en el mercado negro. Y planeamos a conciencia el que sería nuestro primer golpe. Seleccioné una sucursal pequeña en la que tan solo trabajaba un hombre a jornada completa. El único inconveniente era que estaba custodiada por un androide. La robótica había desplazado a vigilantes y al personal de seguridad.

La automatización de procesos basada en los robots software-soft-bots había progresado como tecnología. Se trataba de programas seguros que controlaban aplicaciones de negocio sin intromisión y realizaban tareas masivas repetitivas basadas en las reglas del negocio. Los flujos de trabajo inteligentes integraban tareas realizadas por grupos de personas y máquinas. La machine learningpermitía identificar patrones en datos por aprendizaje supervisado y no supervisado. Se generaba también un lenguaje natural mediante la combinación de datos y resultados analíticos con expresiones contextualizadas.

En fin, este era el mundo al que nos enfrentábamos. No me quedó más remedio que recurrir a mi amigo Martín, un ingeniero de telecomunicaciones superdotado y con el síndrome de aspergen, una patología del espectro autista,  que trabajaba de forma simultánea para diversas compañías desde casa. Tenia seis ordenadores. Le pedí ayuda para desprogramar el robot que vigilaba la sucursal bancaria que íbamos a asaltar al día siguiente a las 12 horas del mediodía.

─Vale, Andy. Necesito unas cuatro horas.

─Hecho. ¿Cuánto?

─Dos mil euros, tío, qué menos.

─Vale, cuenta con ello mañana cuando disponga del botín.

Al día siguiente llegamos a la oficina elegida. Al entrar vi como los ojos del robot que custodiaba la entrada se volvían tenues, señal inequívoca de que se estaba desprogramando. Lo pude confirmar cuando su vida artificial se apagó y no reaccionó a nuestra tenencia de armas. El hombrecillo se quedó petrificado al ver cómo le apuntábamos Diana y yo con nuestras armas.

─Si quieres salir de esta con vida te sugiero que nos des todo el botín ─le dije.

El sudor le cubría el rostro mientras descifraba los códigos de seguridad de la caja fuerte. Conseguimos 25.000 euros. Aunque no era mucho no estaba nada mal para ser nuestro primer robo. Amordacé al sujeto en cuestión y se tardó un tiempo en descubrirse nuestro atraco. Nos protegimos con guantes para no dejar huellas dactilares. No fue necesario gastar ni una sola bala. Martín hizo tan bien su trabajo que nuestro primer golpe fue pan comido. Nuestro bautizo como atracadores fue todo un éxito.Y así llegamos a realizar unos cuantos asaltos más hasta llegar a acumular la nada desdeñable cifra de 100.000 euros.

─Cariño, yo creo que ya nos podemos retirar por el momento─le propuse a Diana.

─ ¿Ahora, Andy, con lo bien que nos va? Demos un golpe más y si quieres nos retiramos una temporada.

─ ¿Para qué quieres correr más riesgos? Tampoco es necesario que seas codiciosa.

Mi preocupación estaba justificada. Las autoridades españolas habían pedido ayuda a la División de Actividades Especiales de la CIA para descubrir nuestras estrategias tácticas y operativas. Un tal John, de la Embajada de los EE.UU nos pisaba los talones.

Al día siguiente acudimos a la sucursal correspondiente, en la que  trabajabande forma conjunta personas y androides. Antes de cada golpe inspeccionábamos bien la zona para desactivar posibles cámaras o grabadoras. El atraco salió bien aunque conseguimos tan solo 5.000 euros. Pero debimos cometer algún error porque al salir John nos esperaba mientras nos apuntaba con un rifle. Yo reaccioné de inmediato y atrapé a una chica que pasaba por la calle y la tomé como rehén. Me escabullí tras una esquina mientras dirigía la pistola a su sien. Corrí como alma que lleva el diablo. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que Diana no me seguía.

─ ¡Coño! pensé que me iba a imitar─medité mientras me paraba a reflexionar.

Oí un disparo y salí de mi ensimismamiento. Corrí hasta casa. Lo primero que hice fue encender la televisión. En el noticiario ya transmitían la noticia de la muerte de Diana, que había recibido un balazo en el corazón. El alma se me cayó a los pies. Me sentía vacío. Aquello no podía estar sucediendo. Al cabo de unos minutos mis hombros convulsionaron y sollocé como nunca antes lo había hecho. Supe que se había ido la razón de mi existencia. Como siempre nos cubríamos la cara con un pasamontañas negro no podían identificarnos. Pero muerta ella sería cuestión de tiempo que la relacionaran conmigo.

Lo primero que hice fue adquirir en el mercado negro un DNI falso con una nueva identidad. Me compré un chalet en Cercedilla. Me hice unos retoques faciales para cambiar mi cara y me teñí el pelo de rubio. Estaba irreconocible. Nadie podría identificarme salvo por las huellas dactilares o el ADN.

Aun así durante una temporada evité salir a la calle en la medida de lo posible. Encargaba un pedido on line o enviaba a mi robot doméstico a hacer la compra. El problema principal era mi estado de ánimo. Me sentía incapaz de asumir la pérdida de Diana. Pensé que era un proceso que debía elaborar poco a poco, pues el duelo era muy reciente. El problema es que transcurrieron dos meses y seguía hecho polvo. No hacía más que llorar la muerte de mi compañera. Ni podía ni quería vivir sin ella. Y lo peor de todo es que me consideraba culpable de su muerte. Tenía que haber evitado desde el principio involucrarla en los atracos o al menos no debía de haber huido sin ella.

Valoré mis opciones. ¿Qué hago, me suicido o me entrego? Opté por la segunda alternativa. Al menos expiaría mi culpa. Busqué a John a través de la Embajada americana y le revelé mi identidad. Y aquí estoy ahora, en una prisión de máxima seguridad. He decidido estudiar Derecho a distancia para luchar por los desahuciados como yo, involucrados en actividades delictivas porque el sistema no nos deja otra opción. Además, me planteo publicar un libro sobre nuestra historia. Te lo dedicaré a ti, Diana. ¡Va por ti!

 

Rumbo a la Antártida

Dedico este relato a la memoria de Roald Amundsen y a Albert Bosch y a su amigo Carles, exploradores protagonistas de esta historia.

   Roald Amundsen (1872-1928) fue el explorador noruego que lideró una expedición que conquistó el Polo sur el día 14-12-1911 a las 15 horas. Además, en 1926 dirigió una expedición aérea al Polo Norte, por lo que se convirtió en la primera persona en llegar a ambos polos. El 18-06-1928 participó en una misión de rescate en el Ártico junto a un piloto francés, otro noruego y tres franceses. Trataban de localizar a miembros de la tripulación del Nobile, cuya aeronave, “Italia” se había estrellado al regresar del Polo Norte. Pero Amundsen y sus compañeros no corrieron mejor suerte. Desaparecieron sin dejar rastro.

En el año 2011 un buen amigo mío alpinista y yo nos propusimos emular la gesta de Amundsen para conmemorar su aniversario. Sabíamos que nos perderíamos las fiestas navideñas, pero no desistimos por ello. Nos sometimos a un entrenamiento intensivo.

El día 18-10-2011 llegamos a Punta Arenas, capital de la ciudad de Chile. En 1848 Punta Arenas se estableció como colonia penal. Desde la década de 1880 y principios de 1900 la región recibió avalanchas de inmigrantes europeos, sobre todo, procedentes de Rusia y Croacia, atraídos por los yacimientos de oro y la cría de ovejas. Su importancia a nivel geológico y político es decisiva por su posición geográfica y su función logística para acceder a la Península Antártica.

Una vez que alcanzamos la plataforma de hielo sabíamos que dependíamos de nosotros mismos. El 31-10-2011 iniciamos la marcha. Dos personas partíamos desde el mar con la intención de alcanzar el Polo Sur a base de caminatas y sin ningún tipo de asistencia. Desde el primer momento, fuimos conscientes de la dureza extrema a la que nos enfrentábamos. Iniciamos el trayecto con un temporal espantoso. Ráfagas de vientos huracanados nos azotaban los rostros con una intensidad despiadada. Además, la visibilidad era nula. La combinación de ambos factores, el viento y la visibilidad, hacían inviable la posibilidad de un rescate de emergencia.

Provistos de esquíes para avanzar en las excursiones diarias arrastrábamos también los trineos con la tienda de campaña y todas las provisiones necesarias para nuestro sustento durante un tiempo estimado superior a los dos meses. Con la tormenta de nieve los esquíes se hundían. Y con el viento en contra el avance era muy penoso. La nada se abría ante nosotros entre susurros sibilantes provocados por la ventisca. Tan solo podíamos ver nuestros esquíes.

En esas condiciones tan extremas no solo luchábamos contra la furia de los elementos sino también contra el mareo que nos provocaba la niebla. Sabíamos que la tempestad nos fustigaría sin tregua durante los primeros 400 kilómetros. Al quinto día nos quedamos bloqueados durante varias jornadas en la tienda de campaña, pues no queríamos arriesgarnos a sufrir congelaciones en los miembros. Fueron diez días de inclemencias meteorológicas y de inseguridad. Acostumbrados a enfrentarnos a retos la incertidumbre era ya nuestra aliada. Nos veíamos obligados a excavar la nieve acumulada en la entrada de la tienda para no correr el riesgo de quedarnos sepultados por el hielo.

Al día 18 el tiempo mejoró y pudimos continuar nuestro trayecto. Pero otro problema nos esperaba. Mi amigo sufría intensas molestias en un talón que impedían su marcha con una mínima normalidad. Como causa probable se desprendía el sedentarismo forzado durante nuestro resguardo en la tienda. Así que tuvimos que activar un rescate de emergencia. Al día siguiente, el avión le recogió.

Y me quedé solo. Un ordenador y unos cascos de radiofrecuencia constituían toda mi conexión con el mundo. A veces, escuchaba música para amenizar la velada. Para mí, los días de Navidad fueron especialmente duros porque echaba de menos a mi familia. No pude contener la emoción que me embargó. La soledad era mi compañera perpetua en aquellas latitudes. Pero lo tengo asumido, consciente de que es el precio que tengo que pagar por conocer regiones apenas exploradas. Al fin y al cabo, la persistencia en el empeño por llegar a la meta y una actitud positiva son las claves del éxito en toda misión.

No obstante, me nutría de los recuerdos tan entrañables que mi mente evocaba de los encuentros familiares y de los juegos con mis pequeños. El día 31 de diciembre no disponía de las uvas de la suerte pero decidí seguir la tradición y despedí el año con avellanas. Sustituí las campanadas por golpes que daba en mi cazuela. Grabé la escena con la esperanza de encarrilar mi felicitación de Año Nuevo al mundo entero.

Aprovecho la coyuntura para agradecer a mi esposa la confianza que deposita en mí y los ánimos que me infunde para enfrentarme a retos tan ambiciosos. Se muestra muy tolerante conmigo y comprende el espíritu aventurero que me domina y mi afán por explorar territorios ignotos. Ella se sacrifica por mí y me alienta a seguir adelante porque sabe que la Naturaleza virgen me inspira y me revitaliza.

Por otro lado, durante la expedición yo también empecé a padecer achaques en los talones. Me puse unos vendajes y experimenté cierto alivio. A esas alturas de la travesía ambicionaba llegar. Valoraba los avances diarios como proezas conseguidas. Al día 67 culminé mi hazaña al llegar al Polo Sur, donde mi equipo me esperaba para darme la bienvenida. Había recorrido una media de 34’5 kilómetros diarios. Llegué con la barba congelada pero feliz de alcanzar mi meta.

A la llegada a mi tierra, Cataluña, concedía algunas entrevistas a los medios e impartí varias conferencias. También edité los vídeos y fotografías que había realizado. Me considero afortunado al haber recorrido un territorio virgen en conexión con la Naturaleza y descubrir sus secretos más recónditos.

 

The end

Asesinato en el Madrid de los Austrias. Episodio1

Aquella mañana se cernía una sombra sobre la comisaría. Se había producido un crimen en el Madrid de los Austrias. Se trataba de unn hombre muerto por una bala disparada con precisión a la arteria femoral. Sin duda, se trataba de un profesional.

─ ¿Qué tal te encuentras, Casal? ─Le preguntó Menéndez. Una secta satánica utilizó a Casal para cometer un crimen mediante hipnosis en una aventura previa.

─Ya bien, gracias. ¿Qué tenemos por aquí?

─Un hombre, de unos 35 años, acribillado por una sola bala. El departamento de balística la examina en estos momentos. En cuanto nos remita el informe proseguiremos.

─ ¿Identidad?

─La acaban de averiguar. Daniel Rovira Fernández. A ver, no he ido desencaminado con la edad. Tiene 36 años. Es jefe de gestión de una empresa privada. Casado, con dos hijos adolescentes. Vamos a ver a la viuda ipso facto. El cuerpo se halló cerca del palacio de Abrantes. Me encanta ese edificio, por cierto. Pertenece al siglo XVII.

─ ¿Quién encontró el cadáver?─Preguntó Casal mientras entraban al coche.

─Eran las 03:30horas de la madrugada. Una vecina de la calle Mayor nos avisó porque le pareció oír un disparo.

─Pues no sería tan profesional el asesino si no usó silenciador.

─Le mató a bocajarro. La misma vecina dice que oyó, en los minutos previos al disparo, una fuerte discusión entre un hombre y una mujer.

─Es sugerente. Aquí tenemos un triángulo amoroso, seguro.

─Vete tú a saber. ¡Ah! Un momento, me acaba de llegar el informe de balística─. Dijo Menéndez mientras examinaba su Tablet recién aparcado el vehículo.

─ ¡Joder! ─Exclamó Menéndez entre volutas de humo.

─ ¿Qué pasa?

─Tío, la bala es del calibre 243 disparada con un rifle. Si no recuerdo mal es la que se utiliza para caza mayor ¿no?

─Así es.

─El orificio de entrada fue por el fémur, que se fracturó y seccionó la arteria femoral en su trayectoria. A ver…La causa de la muerte es contundente: una hemorragia masiva. ¡Joder! He visto casos como este que se han salvado si reciben asistencia inmediata.

─Luego nos enfrentamos a un cazador.

─Seguro, pero cualquiera sabe. El tráfico de armas es uno de los negocios más suculentos. Cualquier persona que se preste a ello puede conseguir una en el mercado negro. Bueno, a ver qué nos cuenta la viuda.

Un ático de lujo en el barrio de Salamanca era la residencia de la familia Rovira. Una mujer rubia con los ojos llorosos les recibió con la voz congestionada.

─Nuestro más sentido pésame, señora─. Matizó Menéndez.

─Me llamo Alicia. Siéntense, por favor─. Dijo mientras les señalaba un sofá de piel. ─ ¿Quieren café o té?

─Nada, gracias. Queremos ocasionarle las menos molestias posibles aunque es inevitable que le hagamos algunas preguntas. ¿Sospecha de alguien?

─No, por Dios─. Dijo mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo. ─Mi marido era una buena persona, nunca se había metido en líos. Nadie le deseaba el mal. Bueno…la verdad es que cuando ascendió a jefe de gestión, varios compañeros que se creían ya con el puesto le hicieron el vacío. Pero no dejó de ser un hecho temporal. Luego, las aguas volvieron a su cauce.

─ ¿Cree que algún compañero puede estar resentido todavía?

─No le encuentro sentido. Ahora era una persona querida y respetada en la empresa.

─Se sorprendería usted las pasiones que levanta el odio, señora.

─Pero ¿qué dice? Nadie odiaba a mi marido.

─ ¿Se le conoce algún cambio de comportamiento?

─Bueno, ahora que lo menciona, sí. En los últimos meses parecía ausente.

─ ¿Ausente?

─Sí, estaba en las nubes. Mi marido era un lector compulsivo, de esos que devoran los libros, en sentido literal. Sin embargo, llevaba dos meses sin leer porque según él no podía concentrarse.

─ ¿A qué atribuye usted esa falta de concentración?

─No lo sé pero coincide con el inicio de un taller de poesía en el que se había inscrito en la biblioteca del Parque del Retiro. Asistía los martes de 19 a 21 horas. Él me decía que la poesía le ayudaba a evadirse de su rutina. Creo que por eso estaba tan ensimismado. Pero yo pienso que había algo más. Llámelo intuición femenina.

─ ¿Por qué opina eso? ─Preguntó Casal, interviniendo por primera vez.

─Porque hacíamos menos vida de pareja, ya me entiende. Y también salía más por su cuenta.

─ ¿A dónde iba?

─Mire, inspector, le voy a ser sincera. Él decía que participaba en tertulias literarias con su grupo de poesía. Pero yo sospecho que había algo más.

─ ¿A qué se refiere? ¿Cree que su marido tenía un romance? ─Determinó Menéndez directo al grano.

─No lo sé. Una parte de mí cree que sí pero otra parte se resiste a creerlo. Llevábamos casados quince años y siempre me ha sido fiel ¿sabe?

─Siento haber sido tan directo, señora, pero se sorprendería de lo que es capaz de hacer un amante despechado.

De pronto, el rostro de Alicia se congestionó y empezó a agitar los hombres de forma compulsiva mientras daba rienda suelta a su llantina.

─No puedo más. Lo siento.

─No se preocupe, Alicia. Tómese una tila. Le sentará bien.

Y se despidieron con ceremonia. ─ ¿Qué te parece, Casal?

─Podríamos hablar con el profesor del grupo de poesía.

─Sí, vamos rápido.

 

Fin del primer episodio. Continuará el viernes.

 

 

 

 

 

Capítulo 3. ENIGMA

 

CAPÍTULO 3

 

El inspector Menéndez roncaba en el curso de una cabezada cuando le sobresaltó el sonido de su móvil. La melodía de “Titanic” se extendió por toda la estancia mientras se levantaba ipso facto.

─ ¿Diga? ─Contestó malhumorado. ─De acuerdo, ahora mismo voy.

Cuando Menéndez llegó a la escena del crimen ya se había personado Casal. La chica, rubia de bote y con los ojos castaños yacía tumbada con el rostro exánime. Una “C” se pintaba en su frente. Menéndez extrajo una nota de su bolsillo en la que se leía: cita en el infierno.

─ ¿Quién era? ─Masculló Menéndez.

Casal, que ya había recopilado datos de la víctima, se apresuró a responder:

─Era una estudiante universitaria de Matemáticas. Vivía aquí con su novio. Volvía de una fiesta antes de que finalizara porque, según testigos, había bebido demasiado. El problema es que su novio había ingerido mucho más alcohol que ella hasta perder el conocimiento. Me consta que le están valorando ahora mismo en urgencias por un probable coma etílico.

─ ¡Joder! ¿Edad?

─Sonia tenía 23 años.

─Cada vez son más jóvenes. ¡Hijos de puta!

─Casal, estás en una secta muy sospechosa. Quiero resultados ¡ya!

─Sí, jefe. De hecho, el fin de semana haremos un retiro espiritual ahí en el centro.

─Pues averigua algo ¡ipso facto! Mientras tanto, interrogaré a la familia de la chica.

Nacho, que seguía ensimismado con Berta, se alegró de la llegada del fin de semana.

El día señalado, Úrsula, la directora, inició un discurso de introducción al retiro:

─Bienvenidos al encuentro. Estáis aquí porque en el tiempo que lleváis con nosotros habéis hecho alarde de una fidelidad a los principios del centro. Por eso, merecéis una recompensa. Y como somos justo os la ofrecemos. Cada uno de vosotros ha sembrado una semilla en su corazón que os capacita para

 

alcanzar el poder de la oscuridad. Los caminos de las sombras son inescrutables. Solo si deseáis llegar a─ la meta la alcanzareis. Hoy os daremos la oportunidad de rendir tributo al Señor Tenebroso. Si le mostráis vuestra sumisión contemplaréis su dominio. Si os rendís ante Él, su fuerza os inundará y renaceréis como hombres y mujeres nuevos, llenos de una energía acorde con la nueva era.

Para que seáis de verdad dignos siervos de su influjo diabólico cada uno de vosotros tiene que otorgar su voto de confianza a sus representantes, vuestros mentores. Además, tenéis que superar una última prueba. Si lo conseguís, os habréis convertidos en miembros de pleno derecho y podréis participar en todas las actividades del centro, incluidas las ceremonias nocturnas. También os invito a pasear por nuestros jardines y a visitar nuestro invernadero.

Nacho tenía cita con Berta a las 11 horas, por lo que le pareció buena idea dar una vuelta por las inmediaciones. El invernadero era enorme. Había plantas muy vistosas. ¡Un momento! En seguida, le llamó la atención un arbusto de tallo grueso y leñoso cubierto de un polvillo blanco. Las hojas, muy grandes, eran de color púrpura oscuro. Para Nacho, aficionado a la botánica, no cabía ninguna duda. Aquel vegetal era el ricino. No había que estrujarse la mollera para saber que cualquier persona con unas nociones básicas de química podía extraer el veneno. ¡Qué hallazgo! Pero era preciso descubrir alguna pista más. Miró presuroso a su reloj: 10’55 horas. No podía demorarse en su cita con Berta. Ya llamaría después a Menéndez.

─Bueno, Nacho. Felicidades por estar aquí. Estás a punto de alcanzar unos objetivos que te cambiarán la vida, te lo aseguro. ¿Cómo te sientes? ─Le preguntó Berta.

─Bien.

─Estupendo. Y ahora vamos a practicar un ritual para que alcances un bienestar óptimo.

─ ¿Cómo?

─Tú déjate llevar. Ahora vas a pensar solo en lo que yo te digo. Tus párpados pesan mucho, tanto que no puedes mantenerlos abiertos. Y estás muy receptivo a mi mensaje. Mis órdenes son deseos para ti. El Poderoso quiere que pruebes tu valor y le consagres una ofrenda que simbolice tu sumisión a Él.

Esta noche inyectarás nuestra preciada ricina, poción del diablo, en la sangre de una persona cualquiera. Le ofreces un regalo muy valioso, una muerte rápida e indolora, libre de agonía. Y a Satanás le demuestras, de esta manera, tu fidelidad. Entonces, te dotará de un poder que te hará sobresalir entre los demás. Sellarás tu pacto para alcanzar la inmortalidad. ¡Ah! Pinta con esta tiza una D en la frente de la víctima y le introduces esta frase en el bolsillo. Es la ofrenda.

 

 

Nacho, empujado por el estado de trance en que le había sumido la hinopsis se sentó en un banco del jardín. Luego almorzó en el comedor sin emitir palabra alguna. Tenía la mirada perdida. Y por la noche salió dispuesto a cumplir su cometido. No tardó mucho en encontrar una calle atravesada por un alma solitaria. Una chica morena caminaba con prisa mientras taconeaba el asfalto. Nacho portaba la jeringuilla con la solución de ricina. La muchacha miraba de vez en cuando hacia atrás, como si se sintiera vigilada. Por eso, Nacho se ocultó entre los árboles con sigilo. La chica frenó en seco cuando su móvil empezó a emitir pitidos intermitentes. Entonces, Nacho aprovechó su distracción y se abalanzó sobre ella. Pero la fémina en cuestión lejos de amilanarse lanzó el móvil al suelo y le dio una patada contundente en sus partes. Nacho gritó y soltó la jeringuilla. La joven, experta en artes marciales, aprovechó su indisposición para atizarle un puntapié que le derribó. Nacho estaba embotado. En seguida, le redujo y avisó a la policía.

Menéndez no podía dar crédito a que su ayudante y mano derecha hubiese cometido un intento de asesinato. ─ ¿Por qué? ─ Le preguntó con la incredulidad pintada en su rostro.

Tras una breve investigación, se detuvo a Úrsula y a su pareja, el fornido que se cubría con la capucha por las noches, como sospechosos de asesinato en primer grado e inducción al crimen a inocentes.

En el juicio se les declaró culpables del delito imputado al demostrarse en vídeos y otras grabaciones que incitaban a los adeptos de la secta a cometer los crímenes bajo los efectos de la hipnosis. Casal y los demás prosélitos fueron declarados inocentes, pues también estaban influidos por todo tipo de aquelarres que les despojaban de su voluntad. Sin embargo, el Juez decretó que, como víctimas de una organización sectaria destructiva sufrían efectos devastadores sobre su personalidad, por lo que les pautó una valoración por un especialista y la realización de un tratamiento terapéutico. Los mentores de la organización también fueron detenidos y acusados como cómplices de asesinato.

Casal permaneció dos meses de baja médica pero al final pudo salvar su matrimonio. Casal tuvo que recurrir, además, a un parapsicólogo para deshacer los sortilegios de magia negra practicados sobre su persona. Y por fin se reincorporó al trabajo en un momento en que Menéndez tenía muchos quebraderos de cabeza por un crimen que había tenido lugar en el Madrid de los Austrias. Pero esto es otra historia.

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Enigma. Capítulo 2

Aquella noche Aida montó en cólera. ─Pero bueno, Nacho ¿Tu jefe se ha vuelto loco? ¿Por qué no va él a investigar a la secta en vez de enviar al pardillo de turno? Te utiliza y se aprovecha de tu condescendencia.

─No me queda más remedio que obedecer, Aida. Es mi jefe y es mi responsabilidad cumplir sus instrucciones.

─Está chalado, Nacho. ¿No te das cuenta? No, claro, estás demasiado implicado para ser consciente de ello. Te está absorbiendo el seso. ¿No ves que ya ni siquiera tenemos vida propia? Traerte trabajo a casa se ha convertido en una rutina para ti. Estás nervioso y estresado todo el tiempo.

─Aida, entiéndeme, por favor. Tengo innumerables informes que realizar. En la oficina no me da tiempo a elaborarlos.

─Yo creo que deberías renunciar a tu puesto o mejor aún ¿por qué no pides un cambio a otro departamento?

─Sabes que soy fiel a mi vocación. Me gusta investigar homicidios. Para eso estudié criminología.

─Lo entiendo, pero tanto esfuerzo ¿par qué? Ni te pagan horas extras ni te reconocen tus méritos. En la última investigación que realizasteis también hiciste tú el trabajo sucio y luego quien se lleva todos los méritos es tu jefe. Y encima, le condecoran a él y tú como si no existieras. ¡Despierta, Nacho! ¡Está abusando de ti!

─Es posible que me exija demasiado, pero es que el trabajo lo requiere. La vida de las personas está en juego.

─Pues que contraten a más personal. Pero claro, mientras el tonto de turno trabaje por dos y encima sin quejarse. ¿Pues sabes lo que te digo? ¡Haz lo que te de la gana! Ahora, te aviso. Mi paciencia tiene un límite y se está agotando. Creo que tienes un problema grave: te has convertido en un adicto al trabajo─. A medida que Aida hablaba elevaba el tono de voz.

─ ¡Ya basta! ─Explotó Nacho. ¿No te das cuenta de que estoy sometido a mucha presión? Solo te pido que tengas paciencia conmigo.

─Sí claro. ¡Vete al infierno!

Aquella noche y por primera vez desde que se casaran, hacía ya cuatro años, durmieron separados. El insomnio fue el aliado de Casal, por lo que se despertó con un humor de perros. Apenas probó bocado en el desayuno y salió disparado a la oficina, sin ver a Aida.

─Buenos días─. Disparó Menéndez con frialdad. ─He analizado tus informes. Creo que deberías introducirte en la secta “Sendero oscuro” porque se me antoja que es demasiado hermética. Intégrate todo lo que puedas y me informas ¿vale? Por favor, ¿está ya listo el intérprete? ─Vociferó por otra línea, pues iba a entrevistar a la familia del chico muerto. ─Suerte, Casal. Ya me informarás. ¿Estás bien? Tienes mala cara.

─Si, es solo que no he podido dormir bien hoy.

─Cuídate. Hasta la vista.

Tras pedir una cita con una señorita en la secta, acudió Casal raudo a la convocatoria. Una mujer morena con una melena que le caía en bucles hasta los hombros y con unos ojos verdes de mirada penetrante le recibió con amabilidad.

 

Embutida en un traje chaqueta que resaltaba su figura, no estaba exenta de atractivo.

─ ¿Qué tal estás Nacho?

─Bien, bien.

─ ¿A qué te dedicas?

─Estudio la posibilidad de abrir un negocio.

─Ah, muy bien. ¿Qué clase de negocio?

─Un restaurante vegetariano. Pero aún estudio la viabilidad del proyecto.

Casal pocas veces perdía el control de sí mismo pero en ese momento, ante la mirada de la bella desconocida empezaron a temblarle las manos.

─ ¿Qué te ocurre? Te veo muy nervioso.

─ Bueno, es que tengo que afrontar muchas tensiones en estos momentos.

─ ¿Quieres hablar de ello?

─ Ahora no, son conflictos que he de resolver, pero agradezco la preocupación.

─ ¿Qué esperas recibir de este centro?

─Calidez, amigos, actividades…

─Entonces, me alegra comunicarte que has venido al lugar adecuado. No te ofendas, Nacho, pero te veo mal. En nuestra compañía puedes recuperarte. Nos gustaría ser una familia para ti y ayudarte. A partir de ahora yo soy tu mentora y te asesoraré en las actividades que, desde mi punto de vista, te pueden beneficiar en mayor grado. Te propongo que realices yoga, además lo imparto yo. Te recomiendo tres sesiones a la semana. Ya verás como te relajas. También realizamos a diario, de lunes a viernes, una sesión de meditación a las 20 horas. Tu suscripción como socio de nuestra asociación asciende tan solo a 30 euros al mes durante los primeros seis meses y a partir del séptimo 50 euros al mes. Nuestras actividades se asemejan a los juegos de rol, ya que cuando asistes con asiduidad y consigues tus metas se te abren posibilidades sugerentes.

─ ¿Me podrías aportar más información sobre dichas posibilidades?

Guiñándole un ojo, Berta, que así se llamaba la mentora, respondió: ─Estás impaciente ¿eh? Todo a su debido tiempo, Nacho. También organizamos fiestas a las que, por supuesto, esperamos que asistas. Y, levantándose, Berta se despidió de Casal no sin antes firmar este su contrato como socio.

Cuando llegó a la comisaría Menéndez estaba alterado. ─Espero que te haya ido mejor que a mí porque estoy que me subo por las paredes. Han venido los padres del pobre americano y… apenas podían articular palabra alguna. Están

 

destrozados así que no les he podido entrevistar. Van a repatriar el cuerpo. Y ¿qué tal te ha ido a ti?

─Bueno, me he hecho socio y voy a ir a clases de yoga y a meditación. No podré participar en más actividades hasta que no confíen en mí.

─Mañana se cumplen dos semanas desde el primer crimen. Mantengámonos alerta─. Casal se acordó del comentario de su señora esposa alegando que Menéndez estaba loco cuando le dirigió una mirada escrutadora con unos ojos que parecían salirse de sus órbitas.

Aquella noche Casal durmió con un desasosiego tal que apenas pudo distinguir la realidad de las ensoñaciones que poblaban su mente con los recuerdos de Berta. Cuando despertó tenía la frente perlada de sudor. Se levantó del sofá. Berta dominaba sus pensamientos hasta tal punto que se sentía incapaz de pensar en nadie más. Ejercía sobre él una atracción casi irresistible. Aida le miró preocupada mientras sorbía su tazón de café─. Cada vez estás más pálido, Nacho.

─Estoy bien aunque he dormido poco─. Lo cierto es que apenas engulló una rebanada de pan tostado con mermelada y mantequilla se levantó con celeridad dispuesto a recibir su primera clase de yoga.

Cuando vio a Berta se avergonzó al sentir el flechazo, como si de un colegial se tratase. El mero contacto físico con ella, cuando le corregía algún ejercicio desataba en él una sensación eléctrica que le galvanizaba todo el cuerpo. Al despedirse de ella no podía evitar darle un beso o incluso un abrazo. Pero el martirio se iniciaba cuando abandonaba el recinto, porque suponía desligarse de Berta, al menos, en un plano físico. A nivel mental, su presencia invadía su mente y se imponía frente a cualquier otro pensamiento.

Así, Nacho se mostraba más hiperactivo que nunca, con la esperanza de sumergirse en una actividad que le obligase a concentrarse para liberarse del influjo de Berta. En la comisaría indagaba sobre las pistas del caso, se coordinaba con los laboratorios, con la policía científica, etc. Se sumergió en tal frenesí que hasta su jefe trató de limitar su paroxismo.

─Casal, descansa un poco, relájate. Te vendría bien salir a tomar un café y despejarte un poco.

Pero nada podía inducirle a la relajación imbuido por la idea de ver cuanto antes a Berta.

Este cambio no lo pasó por alto Aida y una mañana, toda seria le dijo: ─Quiero el divorcio.

─Pero ¿qué dices, mujer? No me vengas con historias.

─Estás aturdido y ausente todo el tiempo. Ya ni siquiera te reconozco. No puedo seguir así. Lo siento.

 

─Vamos a darnos un tiempo.

─ ¿Para qué? ¡Mírate! No sé en que pesadilla andas metido pero si no despiertas pronto me perderás.

Nacho ya ni siquiera le escuchaba, pues no podía dejar de pensar en Berta. Además, se dirigía de nuevo a su clase.

No muy lejos de allí, en la sede de la secta, una mujer rubia y delgada con un brillo en la mirada y sonrisa prepotente charlaba con Berta. Era Úrsula, la directora del centro.

─ ¿Ha funcionado?

─Ya lo creo. Está colado por mí.

─Esta vez el amarre energético que hemos realizado ha dado en el clavo. ¿Está pagando ya por las clases?

─Por supuesto.

─Estupendo. Dentro de poco le pasaremos a la segunda fase. Ya sabes lo que tienes que hacer─. Berta asintió con sumisión ante la autoridad que desprendía Úrsula.

Aquella noche, se celebraba un acto especial en la secta. El encapuchado lucía un torso atlético. Su musculatura resaltaba mientras portaba un machete. De repente, apareció Úrsula. Impresionaba embutida en su mono rojo.

─Nosotros regentamos la fuerza. Nadie tiene más poder que quien decide sobre la vida y sobre la muerte. Así ostentamos nuestra condición divina al adoptar decisiones de trascendencia. Decidimos quien vive y quien muere. Nuestro aliado es Belcebú. Él nos inviste de autoridad para que seamos sus siervos durante nuestra reencarnación en el planeta. ¿Quién quiere entregarse a Satán? ─Preguntó Úrsula mientras levantaba la mano con una sonrisa que alentaba a los allí congregados. La algarabía fue tal que todos estallaron en gritos para proclamar su adoración al diablo.

Al día siguiente, Sonia caminaba en zigzag. No quiso que nadie le acompañara a casa, a pesar de haber consumido más alcohol del conveniente. Llegó. Apenas atinaba a introducir las llaves en el portal. El temblor de sus manos era más que perceptible. Fue presa fácil. Ofuscada como estaba apenas se percató de la sombra que se cernía sobre ella para saciar su afán depredador. Apenas opuso resistencia cuando la aguja penetró en la yugular. Todo se sumió en la oscuridad con el último latido de su corazón.

 

 

ENIGMA

CAPÍTULO 1

 

   La luz alumbraba el callejón oscuro con un destello artificial y repentino, procedente de una linterna. Sujetaba la linterna una mano velluda. El silencio de la noche fue rasgado por un grito, el de una mujer. Ella se volvió, sorprendida por el foco. De repente, quedó deslumbrada. No pudo apreciar mas que una expresión feroz, grotesca, inhumana en aquel semblante más propio de un depredador. El grito se sofocó por esa mano que cubrió su boca con una fuerza inusitada.

   Tan solo le quedó el recurso de implorar con su mirada un acto de piedad. Petrificada y sin capacidad de reacción la mujer fue incapaz de defenderse. Emitió su último aliento cuando la jeringuilla penetró en su cuello. Un líquido descendió, empujado por el émbolo a través de la aguja. Un rictus provocó que su boca quedase entreabierta acorde con su tormento. Estaba muerta antes de caer al suelo. El asesino pintó una A con tiza en la frente de la desdichada. Acto seguido, colocó una nota en el bolsillo de su chaqueta.

   Al día siguiente, la conmoción invadió la ciudad de Madrid, al descubrirse el homicidio. Un estudiante universitario que salía de un portal cercano halló el cuerpo. En seguida llamó al servicio de emergencias. El inspector de policía Enrique Menéndez, con su bigote retorcido, su mirada penetrante y su porte desgarbado, llegó en seguida a la escena del crimen. Buscaba pistas entre la ropa de la víctima. Extrajo el papel doblado del bolsillo de su chaqueta. “A” de Adoración al diablo, dictaba la nota.

   Su mirada se perdió en el horizonte mientras recapacitaba sobre la enigmática frase. ¿Acaso este homicidio era producto de una secta satánica? Todo era posible en esos grupos cada vez más extraños que proliferaban en Madrid y practicaban los ritos más excéntricos que cupiera imaginar.

   Una mujer llorosa tuvo que ser retenida. Resultaba evidente que era su hermana, por su gran parecido con la víctima. Menéndez tuvo que contenerla por lo excitada que llegaba.

   ─No, no…es mi hermana. ¿Qué le han hecho? ─Dos policías fornidos trataban de sujetarla. La mujer, activada por la adrenalina, era presa de una crisis de ansiedad. Pataleaba con todas sus fuerzas mientras jadeaba y sollozaba de forma compulsiva.

   ─Un Samur, rápido─. Pidió Menéndez. En cinco minutos llegó el Samur. Introdujeron a la afectada en el furgón y le administraron un calmante.

   ─ ¿Qué opinas? ─ Preguntó Menéndez a su ayudante Nacho Casal.

   ─Es evidente que no hay signos de violencia. No obstante, habrá que analizar las muestras─. Tendido hacia el cuerpo Casal las introducía en pequeñas bolsas de plástico. Por más que inspeccionaba el cadáver no hallaba signos de resistencia en la víctima. ─Le ha pillado in fraganti, de incógnito.

   A los dos días el laboratorio de la policía emitió su informe, en el que se aclaraba la causa de la muerte: una inyección letal de ricina disuelta en una solución de agua.

   ─ ¿Ninguna huella? ─ Preguntó Menéndez, frunciendo el entrecejo.

   ─Ninguna. El asesino es un profesional. ─Contestó Casal.

   ─ ¿Han dado ya el alta a la hermana?

   ─Sí, he aquí la dirección.

   ─Nos podríamos presentar de incógnito.

   ─Pues vamos allá.

   Menéndez encendió su puro habano y subió al coche, envuelto en una voluta de humo. Casal le acompañó y en silencio se mezclaron con el caos del tráfico en hora punta.

   A medianoche doce personas vestidas con túnicas negras formaban un círculo en el interior de un templo. Un encapuchado yacía justo en el centro. Sostenía alzada una estrella de cinco puntas. El culto de adoración al diablo era el objeto de su ritual. El encapuchado pasaba el símbolo satánico entre los presentes, quienes realizaron distintas muestras de devoción: unos se arrodillaban, otros inclinaban la cabeza, algunos murmuraban sonidos ininteligibles y los menos hacían genuflexiones. Nadie quedaba indiferente ante el poder que emanaba del pentagrama.

   El líder se limitó a mencionar unas palabras: ─El primer sacrificio ya ha sido realizado─. Todos los presentes alzaron las manos y las extremidades en diagonal. Una voz gutural, de ultratumba, resonó por la estancia al emitir una carcajada que produjo un escalofrío a los adeptos.

   Menéndez y Casal aparcaron frente a un chalet de la zona del Viso. Elena, que así se llamaba la hermana de la fallecida, les abrió la puerta como si tal acto le supusiera un gran esfuerzo. Les ofreció con un gesto de su mano temblorosa asiento en un sofá.

   ─Antes que nada, señora, le queremos dar nuestro más sentido pésame─. Indicó Menéndez.

   ─Gracias. Por favor, yo solo les pido una cosa: encuentren al asesino y háganle pagar por ello.

   ─Por eso estamos aquí. Sabemos lo doloroso que resulta para usted este trance pero debemos hacerle unas preguntas. Karina, su hermana ¿tenía enemigos o gente que quisiera hacerle daño?

   ─En absoluto. Era una de las personas más cordiales que he conocido y muy dulce por naturaleza. Era bibliotecaria ¿saben? Vivía aquí conmigo…─Llegada a este punto Elena interrumpió su discurso para dar rienda suelta al sollozo que contenía. Sus hombros se estremecían al ritmo de su desolación.

   ─No se preocupe, tómese su tiempo─. Le dijo Menéndez.

   ─ ¿Era soltera?

   ─Sí, claro.

   ─ ¿Se le conoce alguna expareja?

   ─La última vez que Karina salió con un chico fue hace dos años. Era funcionario. Estuvo un año con él pero al final se enfrió el romance y rompieron de mutuo acuerdo.

   ─ ¿Su hermana recibió alguna amenaza en algún momento?

   ─Por supuesto que no. Mire, inspector, ella tenía confianza plena en mí. Éramos uña y carne. Cualquier preocupación me la contaba. Karina era una persona muy tranquila y bondadosa. No hacía daño a nadie.

   ─ ¿Tenía amigos?

   ─Por supuesto, inspector. Era muy sociable. Compartíamos varios grupos de amigos. Le aseguro que era una persona muy querida.

   ─Bien, por mi parte no tengo más preguntas. ¿Casal?

   ─Tan solo sería interesante saber ¿A dónde se dirigía su hermana sola a horas tan intempestivas la noche de su asesinato?

   ─Volvía de la fiesta de cumpleaños de una amiga. Maldigo el catarro que me hizo quedarme en casa ese día porque la hubiera acompañado.

   ─Elena, todos los indicios apuntan a que su hermana fue una víctima elegida al azar─. Confirmó Menéndez. Elena volvió a sollozar sin remisión. Tras darle un abrazo los agentes se marcharon.

   ─Me intriga mucho la “A” de adoración al diablo─. Adujo Menéndez.

   ─Como ya has mencionado, suena a secta satánica─. Contestó Casal.

   ─Quiero un listado de todas las sectas clasificadas como satánicas que operan en la Comunidad de Madrid.

   ─Por supuesto. Mañana lo tendrás.

   ─Te veo ausente─. Expuso Aida, la esposa de Casal, durante la cena. ─Apenas has probado bocado.

   ─Lo siento, cariño, es que estoy trabajando en un caso muy complicado.

   ─Cielo, no te lo tomes a mal, pero te tomas demasiado en serio tu trabajo. Me preocupas.

   ─Aida, ya sabes que mi trabajo es cuestión de vida o muerte.

   ─Pero no puedes asumir la responsabilidad de llevar el peso del mundo en tus espaldas.

   ─Cariño, tienes que comprender que te casaste con un policía.

   ─Me casé con Nacho Casal, un ser humano excepcional que se implica demasiado en su trabajo. ¿Por qué siempre te tienes que traer trabajo a casa? ¿Dónde está tu tiempo libre?

   ─Se comprensiva, Aida, por favor, te lo pido. Quiero analizar un informe que me ha facilitado el Ministerio de Interior sobre sectas satánicas antes de dárselo a mi jefe mañana.

   ─No, por favor. Esta noche quiero disfrutar de mi Nacho.

   ─Otro día, Aida, de verdad. Hoy estoy muy desbordado.

   ─Has dado en el clavo. Ese es tu problema. ¿Y cuándo no lo estás? ¿Cuánto tiempo hace que no salimos un fin de semana? ¿Cuánto hace que no te tomas un respiro?

   Pero Nacho se retiró en silencio, sin contestar a ninguna pregunta.

   Al día siguiente, Menéndez emitió un silbido cuando Casal le presentó el informe de las sectas.

   ─Son 50. ¿Qué rituales llevan a cabo?

   ─Los he investigado. Aquí tienes mi informe.

   ─Este es mi chico─. Expresó Menéndez mientras le guiñaba un ojo. Tras echar un vistazo Menéndez expresó: reuniones clandestinas, pactos secretos, ouijas… Estudia, Casal, a los líderes de esas sectas a ver si tienen antecedentes penales e indaga si los sacrificios humanos forman parte de sus rituales.

   Ese día arreciaba una lluvia de mil demonios. El móvil de Menéndez vibró con insistencia. Diríase que se movía al ritmo del baile de San Vito. Un silencio prolongado se produjo tras contestar.

   ─Entiendo. Ahora mismo nos vamos al lugar de los hechos. Casal, deja lo que estés haciendo. Se ha producido otro crimen. ¡Vámonos ya!

   Un hombre joven, de unos 25 años, yacía tendido en la acera. Al igual que la víctima anterior, no tenía signos de violencia. La letra “B” estaba pintada en su frente. Con un gesto casi automático, Menéndez se dirigió al bolsillo de la americana y extrajo un papel doblado en el que se leía: “B” de Bendiciones del diablo. De nuevo, el laboratorio confirmó la muerte por ricina administrado por vía intravenosa.

   ─Tiene en común con la primera víctima una edad aproximada. Karina tenía 30 años. Este hombre 25─. Dijo Menéndez.

   ─En apariencia, el asesino tampoco ha dejado huellas dactilares esta vez. Además, ha tomado la precaución de romper la cámara externa de este escaparate─. Dijo Casal mientras observaba la cámara fragmentada que vigilaba una tienda de accesorios informáticos.

   ─Una semana ha mediado entre los dos crímenes. Primero, una mujer. Segundo, un hombre. Ambos han sido acechados en callejones oscuros cogidos por sorpresa. ¿Quién era?

   ─Al parecer, Frank James, ciudadano americano─. Confirmó Casal tras hablar con otros compañeros.

   ─Lo que nos faltaba, encima extranjero. La embajada se nos va a echar encima.

   ─Cursaba un máster de Banca Internacional. Este era su segundo año en España.

   En efecto, un representante de la Embajada americana empezaba a hacer preguntas a todo el mundo.

   ─ ¿Qué me puede anticipar, inspector? Me veo en el trance de comunicar a la familia tan fatal desenlace.

   ─Es curioso, este joven era bastante fornido. Está claro que el factor sorpresa es decisivo en estos ataques─. Matizó Menéndez.

   ─A no ser que la víctima se vea acorralada por más de un atacante y se sienta indefensa─. Expuso Casal.

   ─ ¿Lo crees posible? ─Preguntó Menéndez mientras aspiraba una profunda bocanada a su puro habano.

   ─ ¿Por qué no?

   ─ ¡Maldita sea! Ha pasado ya una semana desde el primer crimen y todavía no tenemos una sola pista hacia el sospechoso. ¿Dónde vivía este hombre?

   ─En un colegio mayor de la zona de Metropolitano─. Expuso el representante de la Embajada.

  ─Casal, te quiero mañana en el colegio mayor, a ver si puedes conseguir alguna pista sólida. “B” de bendiciones del diablo. ¿Qué coño significa esto?

   Los crímenes se filtraron como una noticia de máxima audiencia en los medios de comunicación. Bautizaron al criminal como el asesino del abecedario satánico.

   Un foco cegó al inspector Menéndez procedentes de periodistas y reporteros, ansiosos por averiguar cualquier información, por mínima que fuese.

   ─No vamos a declarar nada hasta que no dispongamos de datos consistentes. Espero que lo entiendan.

   ─ ¿Qué conexión hay entre los dos crímenes? ¿Estamos ante un asesino en serie? ¿Hay que alertar a la población para que tome precauciones? ─Consultaban impacientes.

   ─Insisto, ahora no vamos a hacer ninguna declaración. La población ha de recurrir al sentido común. Creemos que estas víctimas han sido elegidas al azar, por el simple hecho de circular en la penumbra por calles solitarias a horas intempestivas. Cuando podamos completar la investigación les ofreceremos más detalles. Gracias.

   ─Es curioso, el asesino pretende la muerte fulminante porque la cantidad de ricina disuelta en el agua es ingente. Hay diez miligramos. ¿Acaso ignora el criminal que con tan solo un miligramo ya puede matar a una persona adulta? ─Se cuestionó Menéndez.

   ─Sí, jefe, pero le interesa una muerte rápida porque si utilizara poca cantidad la persona tardaría varios días en morir. Además, las evidencias empíricas sugieren que hay sujetos que han sobrevivido a un ataque con un miligramo de ricina.

   ─Recuérdame los síntomas del envenamiento de ricina con un miligramo.

   ─Dolor abdominal, diarreas sanguinolentas y vómitos con deshidratación severa y una bajada súbita de tensión que conduce a la muerte.

   ─Ya, Casal, necesito que hagas un escrutinio en el internet profundo para ver dónde se pueden conseguir semillas de ricina.

   ─Eso es pan comido.

   Por la tarde, con la ayuda de Iván, el experto informático, Casal pudo acceder a innumerables páginas webs que vendían semillas de ricina, entre otros venenos.

   ─Joder, esto es un trabajo de chinos. Voy a pedir referencias de quienes han comprado semillas de ricina en las tres últimas semanas.

   Con la ayuda de Iván pudo acceder en poco tiempo a la información precisa. 50 personas habían solicitado ricina en las tres últimas semanas mediante internet. Tras un severo escrutinio Casal pudo comprobar que tan solo tres tenían antecedentes penales. Y de estos, dos procedían de América y uno de España. Los americanos eran militares que llevaban a cabo misiones de paz en Afghanistán.

   ─Es curioso que dos militares hayan adquirido en el mercado negro la ricina. ¿Por qué? Quizás para utilizarla contra el enemigo en el campo de batalla o ante incursiones del bando opuesto. Vaya, esto sí que es interesante…Los americanos estuvieron en la cárcel en su país de origen por consumir en la vía pública drogas sintéticas. Pero con la ricina no pueden doparse. Seguro que son combatientes con estrés postraumático que precisan recurrir a drogas para liberarse de sus miedos. Además, está el español. Vaya, este estuvo en prisión en Madrid por tráfico de sustancias psicotrópicas. Tras dos años internado en la cárcel consiguió salir con la condicional y ahora… ¡Toma ya! Ahora el caballero es un banquero, en apariencia respetable. Esa tarde Casal también interrogó al personal y compañeros de la última víctima, sin conseguir resultados satisfactorios.

   Al día siguiente, Menéndez se sintió satisfecho ante los progresos de Casal.

   ─Pero no es suficiente. El asesino ha podido adquirir la ricina en otra parte o a través de intermediarios. Casal, investiga también las sectas satánicas más peligrosas.

   ─Hay unas cuantas.

   ─ ¿Hay referencias de alguna que haya realizado sacrificios humanos?

   ─No son tontos. No van a colgar en su página web que realizan ofrendas de víctimas humanas aunque sí hay algunas que sacrifican animales.

   ─Céntrate en esas, pues puede ser un comienzo.

   ─Y te voy a hacer una sugerencia a ver qué te parece. En la que tú creas más sospechosa entra como un adepto nuevo para averiguar más cosas.

   ─De acuerdo jefe, aunque puede ser muy peligroso. Esas sectas utilizan métodos de manipulación mental y técnicas de lavado de cerebro. Nosotros no somos inmunes a ello.

   ─ ¿Me estás diciendo que tienes miedo?

   ─No, claro que no. Solo quería que comprendiera que puede ser imprudente.

   ─Confío en ti, Casal. Es la mejor manera de obtener información y si con ello conseguimos evitar más muertes habrá merecido la pena correr el riesgo ¿no?

   ─De acuerdo─. Respondió Casal sin mucha convicción.

(CONTINUARÁ)

El amor se fragua en el plató.

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EL AMOR SE FRAGUA EN EL PLATÓ

La primera vez que la observé a través de la pantalla pensé: tiene que ser mía. Esa melena color caoba que le caía como si de una cascada se tratase hasta la cintura en suaves capas desniveladas, esos labios carnosos que reclamaban en silenciosa súplica –bésame-, y esos ojos, que parecían refulgir como zafiros resplandecientes, tributos que me conmovían hasta el punto de reclamar mi derecho a disfrutarlos. Su belleza radicaba en la armonía de sus rasgos y facciones. Toda ella desprendía una gran vitalidad. Por las mañanas, deseaba levantarme para encender la pantalla y verla. Su sonrisa me deslumbraba. Desayunaba con ella, comía con ella y me dormía pensando en ella. Era una diosa encarnada que exigía su derecho al trono en este paraíso terrenal. Continuamente, invadía mi pensamiento y mi vida. No podía dejar de pensar en esa mujer. ¡Y qué fuego emergía de sus entrañas¡ Tal llama la elevaba a la categoría de una deidad.
Mis amigos no me comprendían. Cuando compartía con ellos mis sentimientos por Sonia, que así se llama mi amada, me decían que me olvidara. Uno de ellos incluso me recomendó que asistiese a un psiquiatra. ¿Estaba enfermo de amor? Si estar sublimemente enamorado constituye una patología, entonces sí estaba enfermo. Ella dotaba de sentido mi vida. He aprendido a convivir con la contradicción. Por un lado, pensar en Sonia y en sus atributos me colmaba de felicidad pero por otro, sentir que aún no formaba parte de mi vida me llenaba de desdicha.
Soy diseñador gráfico. Con mi portátil trabajo desde casa por las tardes, ya que por las mañanas me entrego a Sonia. Un buen día, salió en el programa una misiva que cambió por completo mi vida. Rezaba así: -Si quieres participar como público en el programa, contacta con el siguiente teléfono…-No podía dar crédito a mi suerte. Esa era la oportunidad que estaba esperando. Llamé al instante y me confirmaron que podría asistir al día siguiente. Sólo tenía que estar a las 08’30 h. en un punto del sur de la ciudad para tomar un autobús que nos conduciría a los estudios televisivos. Aquella noche no pegué ojo. Sonia dominaba mi pensamiento y yo contaba las horas que me restaban para conocer, por fin, a mi amada. A las 06’00h. me levanté. Me duché y me embriagué con mi mejor fragancia. Me afeité muy bien, me apliqué mi loción aftershave y me puse mis mejores galas. Me encaminé al punto de encuentro. Un grupo de jóvenes esperaban con paciencia al autobús. Nos recogió a todos y cuando llegamos a los estudios me sorprendió la magnanimidad de sus instalaciones. Nunca antes había estado en un plató. Los focos inundaban el techo, los había de todos los tamaños. Los paneles eran móviles. Hasta el sofá en el que se asentaban los invitados tenía ruedas.
-Tú te sientas aquí-me dijo la coordinadora del público, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.
-¡Guau! En primera fila. ¡Oh, Dios, ahí estba ella! No es posible. Era más guapa todavía al natural. El personal no cesaba de darle los últimos retoques con laca y maquillaje. ¿Para qué? Si no los necesitaba. Lo suyo era belleza natural. Sonia no cesaba de repasar el guión.
-Prevenidos ¡ya!-dijo un técnico mientras hacía descender un papel enrollado.
Sucumbí al hechizo de su voz aterciopelada cuando empezó a hablar. Juro que en ese momento me sentí celoso de la cámara, que seguía sus movimientos a modo de un coqueteo seductor. Apenas me enteré de la entrevista que mantenía con sus invitados porque me sentía obnubilado mientras seguía el fluido movimiento de sus músculos pectorales.-¡Que cadencia rítmica tan llena de armonía!-pensé para mis adentros. Y cada vez que se levantaba el desplazamiento ondulante de sus caderas me volvía loco. Además, su melena cobriza se agitaba como si estuviera a merced del viento. Traté de disimular, como pude, una involuntaria erección. Menos mal que llevaba un periódico. Solo deseé que no me enfocasen justo en ese momento.
El programa siguió su curso y cuando me quise dar cuenta ya había terminado. Había perdido la noción del tiempo. Mi turno había llegado. Me acerqué a ella con sigilo mientras disfrutaba de su embriagadora fragancia. Me presenté:-Señorita Sonia, soy Daniel y me considero su más ferviente admirador.
-Encantado, Daniel-me respondió mientras me tendía la mano. Me dirigió tal sonrisa que juro que ese instante se quedó congelado en mi mente. Me quedé tan petrificado por la emoción que fui incapaz de articular palabra alguna. Cuando me di cuenta la ninfa de mis sueños se había esfumado. ¿Y eso era todo? No podía quedar así la cosa. Hervía en mi fuero interno un ansia tal por poseer a esa mujer que me equiparaba al guerrero fiero sediento por exhibir sus atributos en el clamor de una batalla.
Traté de sumergirme en mi trabajo de lleno, aunque las interferencias en mi concentración eran continuas. Sonia se había instalado en mi imaginación como una intrusa. Recuerdo que me restregué los ojos, agotado, como si así pudiera ahuyentarla. Como un autómata, me levanté y telefoneé para asistir como espectador del programa. Pero esta vez trazaría un plan. Cuando finalizase la grabación le pediría una cita.
Al día siguiente me sentí un privilegiado cuando me volvieron a ubicar en la primera fila. Cuando la bella hizo su aparición me quedé boquiabierto. ¿Eran imaginaciones mías o estaba todavía más despampanante que la vez anterior? Su escote era más pronunciado, sin duda. Sus protuberancias se dejaban entrever de un modo sumamente evocador. Mientras le daban los últimos retoques de maquillaje, me pareció que me miró un instante. La forma de posar su mirada sobre mí me resultó muy perturbadora. ¿Pretendía lanzarme algún tipo de mensaje encubierto? La observé con atención pero concluí con una respuesta negativa. Yo era uno más. ¡Qué decepción! A pesar de todo, me pasé todo el programa embobado, rendido a sus encantos. Al finalizar el mismo, le pedí un autógrafo. Casi me desvanezco. Hasta su aliento despedía un efluvio sublime. Y un único roce con sus dedos se asemejó a una sedante caricia. Me quedé tan bloqueado que cuando me quise dar cuenta tan solo un halo de magnanimidad quedaba como reducto de su presencia. Atontado, salí del plató. Un tablón de anuncios llamó mi atención. Me acerqué y unas circulares divulgaban ofertas de trabajo. Intrigado, las leí. –Vaya, esto sí que es una sorpresa-pensé al leer: se requiere diseñador gráfico con nociones de edición de audiovisuales. Interesados enviar el currículo al siguiente correo electrónico…dictaba el anuncio.-Coincide justo con mi perfil. –pensé. Así que en cuanto llegué a casa envíe el currículo a dicho email, lleno de ilusión y confianza en que conseguiría el puesto. Y, mira tú por donde, al día siguiente me citaron para una entrevista en la misma cadena de televisión del espacio de Sonia. Me explicaron que necesitaban editar vídeos musicales de varios cantantes para su difusión. Acepté todas las condiciones sin reservas y a los dos días me llamaron. No daba crédito a lo que oía. El puesto era mío. Empecé un día después. Me personé en los estudios a las 09’00 h. de la mañana. Me presentaron a la estrella de turno y a grabar. En general, tardaba unos tres días en registrar y retocar el vídeo. Estaba encantado de la vida con mi nuevo curro. En una de las ocasiones salí un rato para fumarme un pitillo y allí estaba ella, tan segura de sí misma como una diosa sabedora de sus múltiples cualidades y poder, celosamente guardados para asentar su reinado. Con la misma rapidez con la que salió entró al plató. Su marcha era precedida por un rítmico sonsonete, producto de sus tacones de aguja. Mientras abría la puerta reparó en mi presencia y ¡me guiñó un ojo! Me quedé tan atónito que un súbito cosquilleo descendió hasta mi estómago. Aquella noche casi no pude dormir y lo poco que lo hice soñé con mi ninfa, indiscutible protagonista de mi universo onírico.
Mis amigos manifestaron su preocupación por mí cuando empecé a adelgazar a marchas forzadas, debido a mi repentina pérdida de apetito. –Tío, tú no estás bien. Ni comes ni duermes-me decían unos. –Tu enfermedad se reduce a tu enamoramiento. Pídele una cita-me decían otros. Lo único que me absorbía hasta el punto de apartarla de mis pensamientos era mi trabajo. A pesar de esos contactos ocasionales mantenidos con la musa de mi vida, sentía tal distancia entre nosotros que se me antojaba insalvable. Entonces, empecé a ponerme melancólico. Mis rutinas se reducían a ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Y una vez que estaba en mi hogar, del sofá a la cama y de la cama al sofá. Dejé de atender las llamadas de mis innumerables amigos. La apatía dominaba mi vida excepto el ámbito laboral. Ni siquiera me apetecía realizar las tareas domésticas, en las que siempre me había desenvuelto bien. En este plan, decidí contratar a una empleada de hogar, que además de limpiar la casa me preparaba las comidas, porque no me apetecía ni cocinar. El único hiloconductor que me conectaba al mundo era mi trabajo, en el que me sumergía como una tabla de salvación a la que se aferra un naufrago en alta mar.
Un día, dos de mis amigos se presentaron en mi casa con el semblante preocupado. –Tío, no sabemos nada de ti. ¿Qué tal estás? ¿No ves que estás hecho polvo? Es evidente que sufres mal de amores. A ver, ¿cómo se llama la afortunada? Resignado, les señalé el sofá para que se acomodasen. Les serví unas cervezas con aceitunas rellenas pero comprobé que, atribulado por la tristeza, no me apetecía ni hablar. –Venga ya, tío. Con ese careto no vas a ninguna parte. Y aféitate, que esa perilla no te favorece.-Al ver que me ofusqué en mantener mi silencio, empezaron a darme consejos. –Se trata de Sonia, ¿verdad? la guapa presentadora de televisión de la que nos has hablado.-Asentí con gesto apesadumbrado. –Pues nada más fácil. Ahora que trabajas en la tele, proponle una cita. Eso o le envías un ramo de flores con un mensaje romántico.-decía un amigo. –El romanticismo está pasado de moda. Es mejor que vayas directo al grano. Pídele su número de teléfono-decía otro. Hastiado, me levanté y sin mediar palabra, les acompañé hasta la puerta. Mi mente era un hervidero en plena ebullición. ¿Por qué no realizaba una intentona? A lo mejor funcionaba.
Al día siguiente, cuando me la crucé por uno de los pasillos, me envalentoné y le dije:
-Sonia, soy uno de tus más fervientes admiradores. Me llamo Daniel y trabajo como diseñador gráfico en la edición de vídeos. Me encantaría salir contigo- Sonia clavó su mirada en mí de un modo tan penetrante que me quedé petrificado. Entrecerró los párpados y con desparpajo respondió:-Sí, ¿por qué no?- Y acto seguido, apuntó su teléfono en mi mano. -¡Guay!-exclamé yo mientras se despedía guiñándome el ojo. Juro que desde aquel momento me sentí hombre nuevo. El entusiasmo renació en mí. Nada más acabar mi jornada laboral la llamé sin dilación. –Hola, soy Daniel. Me gustaría invitarte a cenar mañana por la noche. ¿Es posible?-Como no, pero temprano, por favor, sobre las 20 h. porque madrugo mucho.-Perfecto. ¿Conoces el restaurante del hotel Rex? Está en la azotea y tiene unas vistas impresionantes. –Muy bien. Allí estaré.
No me lo podía creer. Por fin tenía una cita con la mujer de mi vida. Y todo había fluido del modo más sencillo. ¿Cómo me había complicado tanto?
El día siguiente se me hizo muy largo, deseoso como estaba de que llegara la noche. ¡Por fin llegó el momento! Me engalané. Ensayé varias veces mi sonrisa de seductor frente al espejo y me rocié mi mejor perfume. Reconozco que me comportaba como un adolescente en su primera cita. Me encaminé al restaurante y…allí estaba ella. Cuando percibí su figura erguida me temblaron hasta las piernas. Era tal su atractivo que hasta la sombra que proyectaba resultaba insinuante. Exhalaba el humo mientras desplazaba la cabeza hacia atrás. Juro que se me cortó la respiración cuando un foco le alumbró. Su vestido negro resaltaba sus curvas de un modo sugerente. Acababa de llegar y ya estaba teniendo una erección. Me dirigí al lavabo, restregué con agua mi cara y me di unos minutos. Inspiré y espiré, en un intento por relajarme. Conseguí serenarme. Me dirigí a Sonia y con naturalidad, la besé. Me sentí como el astronauta que es transportado a una órbita espacial y sus sentidos adormecidos estallan ante la contemplación de las maravillas del mundo sideral. Su voz era tan sedosa que me sumí en una melodía de irresistible placer. La cena también fue inolvidable. Entremeses variados, una ensalada tropical, codornices estofadas con uva moscatel y tarta de chocolate hicieron las delicias de nuestros paladares. Mi beldad mostró su vulnerabilidad cuando se sinceró conmigo. Hacía seis meses que se había separado. Confirmó que yo le gustaba y quería conocerme mejor (cómo disfruté con esto). Mi princesa tenía heridas sin cicatrizar. Así lo revelaba el fulgor de sus ojos por las lágrimas no derramadas. Quería ir despacio a la hora de implicarse en una nueva relación. No pude por menos que ofrecerle mi consuelo. Al final de la cena nos asomamos al magnífico mirador. La Gran Vía centelleaba con todo su esplendor en la noche madrileña. Contemplamos con nostalgia el cinematógrafo que presidía la entrada al restaurante, ya que en una época anterior ese hotel había sido un cine. Sentí añoranza de tantos grandes estrenos que se habrían esperado con anhelo en este espacio. Aquella noche fue inmemorial. Me despedí con un ligero roce en sus labios que me trasladó de golpe a las estrellas. Le siguieron otras muchas noches. Y cada velada resultaba mejor que la anterior. Nuestro amor hirvió con la ebullición de nuestras caricias y besos. Al cabo de un año nos casamos. Y hoy en día nuestros dos retoños corretean alegres por el jardín de nuestro chalet. Son dos querubines pelirrojos llenos de encanto. En la televisión les gustó tanto el resultado de mi trabajo que me hicieron un contrato indefinido. Puedo decir que hoy soy un hombre feliz. He alcanzado la plenitud en el amor y en el trabajo, y como padre vibro de alegría por esos duendecillos que son el puro retrato de su madre, mi hada terrenal.