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Escribo relatos diversos entretenidos y amenos.

Fenómenos extraños

Cuando adquirí aquel piso la suerte me abandonó. A los dos años me quedé en desempleo tras una larga trayectoria laboral en la Administración Pública sanitaria. Me sentí triste y muy frustrada. Y no recibí indemnización alguna. Había invertido todos mis ahorros, recientemente, en adquirir mi piso. Me sentí muy desprotegida. Mi tía se vino a vivir conmigo. Aunque su pensión no era muy elevada constituyó un gran apoyo para mí.

   Pero la adversidad también se cebó en mi tía. Empezó a sufrir una serie de caídas de lo más extrañas, pues aunque su edad es avanzada se mantiene bastante ágil. Tras un batacazo se postró al sedentarismo durante dos meses y le sobrevino una trombosis.

   Al final, agoté las ayudas públicas por mi condición de desempleada y me quedé en una situación muy precaria con dificultades para pagar la hipoteca y las facturas. La angustia me condujo a sufrir pesadillas. A veces, me despertaba a medianoche con dificultades respiratorias. Yo lo achaqué al estrés. Pero cundí en pánico cuando empecé a detectar sombras en casa. La impresión que me daba era la de alguien que pasa pero al volverme no había nadie.

   Además, se iniciaron molestias físicas. Sentía hormigueo en las cervicales y en los hombros así como dolores en los brazos. En medio de ese tumulto perdí a mi madre, que llevaba varios años enferma de Alzheimer. Cuando alguna empresa me contrataba como teleoperadora o administrativo al mes o a los dos meses me quedaba en la calle otra vez, a pesar de realizar un trabajo impecable.

   Por otro lado, me encontraba muy fatigada y con bajo nivel de defensas. El último invierno contraje dos catarros tan fuertes que me dejaron afónica. Pero lo peor estaba por llegar. Una noche me despertó un chillido. Mi tía también se sobresaltó. Miré por la mirilla por ver si alguien precisaba atención. No había nadie. Al día siguiente pregunté a la portera si algún vecino había sufrido algún percance pero ella no había oído nada. A partir de ese momento cada noche oía el mismo grito lastimero. Parecía suplicar ayuda. Al parecer, nosotras éramos las únicas en todo el inmueble que oíamos tales bramidos. En cuanto nos levantábamos a inspeccionar el terreno los alaridos declinaban hasta desaparecer. El agotamiento por esos despertares nocturnos hicieron mella en mí. Había días que me sentía como un zombi.

   Otro fenómeno extraño se unió. Cuando mi tía y yo salíamos de casa a pesar de que nos asegurábamos que dejábamos todas las luces apagadas cuando retornábamos siempre estaba encendida la luz del salón. Y por consiguiente, la factura de la luz se elevó de forma considerable. Avisé a un electricista un par de veces y me confirmó que si bien la instalación eléctrica era antigua funcionaba bien. ¿Qué diantres sucedía entonces?

   A tan insólita situación se añadió un hecho más. A veces, permanecíamos sentadas en el sofá del salón mientras leíamos o veíamos la televisión y de un modo brusco se abrían puertas cerradas y encajadas o se cerraban de un modo rudo sin una explicación lógica, pues no circulaba corriente de aire alguna.

   Cesaron los gritos nocturnos. Pero aparecieron respiraciones agitadas. Mi perra también se comportó de un modo anómalo. Muchas noches se negaba a entrar en mi habitación, donde tenía su cama. Siempre había dormido conmigo. Prefería pernoctar sola en el puf del salón. Los perros son animales muy sociables y disfrutan al dormir en compañía de su dueño. Además, Perla, en ocasiones, se quedaba ensimismada mientras contemplaba el horizonte como si quisiera desentrañar algún enigma.

   Otros acontecimientos alteraron aún más el ambiente. A veces, mientras dormíamos tanto mi tía como yo sentíamos una caricia en los brazos, en las manos o en los pies. Suelo ser muy intuitiva y sensible. Una noche me levanté muy inquieta porque presentía algo. Notaba cierto magnetismo a mi alrededor. De forma súbita, se encendían y apagaban todas las luces de la casa y también los electrodomésticos. La cadena se puso a sonar, la televisión empezó a funcionar, etc. Mi tía, un tanto pálida, no daba crédito a lo que veía. Al día siguiente, avisé a otra compañía eléctrica y me confirmó normalidad en la instalación. ¿Qué ocurría entonces? El insomnio, la angustia y los sobresaltos nos pusieron los nervios a flor de piel. Saltábamos por cualquier tontería y discutíamos con frecuencia.

   Una noche en que me levanté me despejé y distinguí en el salón una sombra. El corazón me empezó a latir a toda velocidad. Parecía el perfil de alguien ataviado con una túnica negra con la capucha puesta y agachado. Me acerqué con sigilo para tocarle y desapareció. La perra se puso a aullar. Le tranquilicé y pensé que había llegado el momento de adoptar medidas.

   Al día siguiente, visité a una psicóloga clínica que también era parapsicóloga. La presencia de esa mujer alta y rubia impregnaba tal serenidad que me tranquilicé al instante. Me pidió mi dirección y consultó sobre la energía impregnada en mi hogar, a través del péndulo, que se movía enloquecido. Me confirmó que en mi nueva casa se había jugado varias veces a la ouija. Por ello, se había abierto una puerta al bajo astral. Por ella se colaba el espíritu de seres de la más baja alcurnia. Asesinos, violadores y maleantes de todo tipo permanecían prisioneros en esa dimensión y campaban a sus anchas en mi casa. La especialista realizó un ritual para cerrar esa puerta y me alegra poder decir que desde entonces todo volvió a la normalidad.

   Y la suerte nos sonrió de nuevo. Encontré el trabajo de mi vida. Una editorial de reconocido prestigio me contrató como lectora profesional. Accedí a un curso para adquirir velocidad lectora y me pagaban mis buenos honorarios. Al cabo de seis meses me hicieron un contrato indefinido y por fin conseguí la ansiada estabilidad laboral. La salud de mi tía mejoró y mi perra se tranquilizó.

   Así que sugiero al lector que observe los posibles fenómenos extraños de su hogar o de su oficina. Le recomiendo que no espere mucho tiempo y adopte medidas porque el inframundo acecha.

Dina, la princesa de los collares.

princesaErase una vez una bella princesa que vivía refugiada en su mundo de ensueño. Su palacio se ubicaba en la colina más alta de su reino. Dina, que así se llamaba la joven, era conocida también por su pueblo como la princesa de los collares, porque de todos era conocida su afición por llevar tales alhajas. Dotada de una belleza natural con su rubia melena ondeante hasta la cintura y sus ojos verdes de transparente mirada, deslumbraba a cuantos la contemplaban. Por eso, los accesorios y las joyas que acostumbraba a utilizar no eran en sí necesaris pero a Dina le gustaba lucirlas como complementos a su hermosura. Por eso, cuando recibía a sus súbditos, raro era el que no quedaba boquiabierto. Con frecuencia, quedaban tan admirados que hasta olvidaban el mensaje que iban a transmitir a su soberana. Pero Dina se encontraba tan inmersa en mejorar su atractivo que apenas se percataba de la cruda situación que vivía su pueblo. La sequía asolada ese año había causado estragos en las cosechas. Los cultivos se habían diezmado. Las necesidades nutritivas de la población no se podían garantizar con plenitud. El raquitismo, ya erradicado, volvía a hacer acto de presencia en los niños de corta edad.

Cuando el consejero real sugirió a su soberana que invirtiera más en adquirir grano, trigo y cereales para evitar la hambruna certera, Dina descubrió la realidad de su pueblo y reaccionó en consecuencia. Se quedó mirando la imagen que el espejo le devolvió de sí misma. De pronto, se vio anciana, con la mirada llena de interrogantes. El grito que Dina lanzó le devolvió a la realidad. Cuando miró de nuevo al espejo, presa de un gran temor, se vio joven y con varios collares que realzaban su belleza. Percibió entonces la preocupación pintada en el rostro de su consejero, a la espera de su respuesta.

-Vamos a comprar grano y cereales en abundancia para alimentar a nuestras gentes. Y voy a desprenderme de mis alhajas. Quiero que vendas mis collares de oro y de plata y mis pulseras de platino y zafiros. Nuestras arcas tienen que yacer repletas para cubrir todas las necesidades de la población.

-Se hará como dices, Dina-y con una reverencia el consejero se retiró, asombrado de la generosidad de su soberana.

Dina se retiró a caminar. Le gustaba meditar mientras deambulaba por los parajes sinuosos y montañosos que rodeaban su palacio. Dubitativa, manipulaba un diamante del que nunca se separaba. Conocedora de sus propiedades mágicas, se preguntaba si había llegado el momento de utilizarlo. Una hechicera se lo regaló cuando cumplió 18 años hacía ya dos. Le reveló que era muy poderoso. Tan solo una vez en la vida podía recurrir a su influjo. Le concedería un deseo, bien para ella misma o para otra persona. Pero debía de pensar muy bien lo que pedía, porque se cumpliría de forma inmediata y el diamante se apagaría y perdería su influjo. Dina retornó al palacio y se reclinó sobre su escritorio con el diamante entre sus manos. Miró con detenimiento el destello que desprendía a modo de inspiración. Y entonces formuló su deseo:-Quiero que los habitantes de mi reino tengan cubiertas sus necesidades básicas y sean muy felices.- De repente, una luz procedente del diamante deslumbró la estancia. Dina se sintió caer en una vorágine y se sumergió en el vacío mientras el vértigo la envolvía por completo. Perdió incluso la noción del tiempo, ya que cuando abrió los ojos el sol ya se estaba ocultando.

Dina observó a través de un ventanal que los comerciantes recogían ya sus mercancías, con la sonrisa en los labios. Los niños, llenos de alegría, guardaban sus juguetes y acudían, obedientes, a las llamadas de sus padres para cenar. Dina se convirtió así en testigo privilegiado de la prosperidad y abundancia que imperaban de nuevo en su reino. Así lo atestiguaban las expresiones de felicidad radiante en los semblantes de las gentes. Los caminos estaban pavimentados y las casas se erguían esbeltas construidas con materiales de calidad. La solidaridad parecía regir las relaciones entre los vecinos, que intercambiaban alimentos y se preocupaban unos por otros. Dina esbozó una sonrisa. Su deseo se había cumplido.

Sin embargo, algo no funcionaba. Sus súbditos no parecían percatarse de su presencia en palacio. Diríase que se había vuelto invisible para ellos. Quizás se tratase de un efecto secundario del hechizo.

-¡Jonás!-exclamó mientras se dirigía a su chófer. Pero Jonás no manifestó sentir su presencia. -¡Ruth!-gritó presa del pánico a su cocinera. Pero Ruth tampoco reveló percibirla y continuó con sus quehaceres sin más. La propia Dina trató de observarse y fue entonces cuando lo comprendió todo. ¡Se había vuelto invisible! Aturdida, salió al jardín y se sentó en una borla decorativa junto al estanque. ¿Cómo podía haber sucedido? Quizás las propiedades mágicas del diamante estaban adulteradas. Tal vez se tratase de un efecto secundario. Se encontraba tan pensativa que, involuntariamente, invocó a la hechicera que le regaló el diamante, quien acudió a un nivel espiritual. -Hola, Dina. ¿Cómo estás?

Dina se giró con brusquedad al sentir el saludo de Elle, que así se llamaba la maga.

-Ah, pero ¿tú me ves?-preguntó Dina extrañada.

-Claro que sí, pequeña, del mismo modo que tú me ves a mí.

-¿Qué es lo que me ocurre?¿Por qué me he vuelto invisible?

-Dina, cuando te regalé el diamante te expliqué su poder, pero te oculté una información relevante para ponerte a prueba. Quien haga uso de la valiosa gema se volverá invisible y caerá en el olvido.

-¿Cómo que caeré en el olvido?-preguntó Dina consternada.

-Sí, cariño, lo que has oído. Del mismo modo que desapareces en la dimensión física, también lo harás en la mente de todas las personas a quienes hayas conocido. Es el precio que has de pagar para que se mantenga cumplido tu deseo. Mira, Dina, tú misma has sido testigo de la evolución de tu pueblo, gracias a ti. Estaba abocado a una hambruna certera que tú has evitado.

-Sí, pero ¿qué pasa conmigo?

-Ahora no experimentas las necesidades que sentías cuando eras humana.

-¿Es que he dejado de ser humana?-Interrumpió Dina.

-En cierto modo, cielo.

-Y ¿no existe algún modo de volver a ser la que era?

-Si quieres que tu pueblo se mantenga bien no puedes volver a ser la que eras. -¿Y me tengo que limitar a vagar por ahí como un alma en pena? -No, cariño. Encontrarás el modo de ser feliz.

-¿Cómo?

-No te puedo responder a esa pregunta, Dina. Cada cual sigue su propio proceso. Has de descubrirlo por ti misma. Adiós, te deseo suerte, pequeña.

Y dicho esto la hechicera se esfumó como por arte de magia, dejando a Dina sumida en la más absoluta desolación.

-Al menos, puedo llorar-se dijo Dina mientras se permitía derramar esas lágrimas contenidas. –Puedo expresar emociones, por lo que no debo de estar tan alejada de mi dimensión humana como la nigromante pretende hacerme creer. Por cierto, ya no experimento las necesidades que concebía como persona. No tengo hambre ni sueño, lo cual no deja de ser una ventaja pero ¿qué puedo hacer para combatir mi tedio? Ni siquiera soy corpórea, por lo que tampoco puedo acceder a mi colección de collares. ¡Uy, qué olvidadiza soy! Los vendí todos para salvar a mi pueblo. Aun así me siento bien, liviana, ligera. No se está tan mal en esta dimensión después de todo. Siempre queda la posibilidad de vagar por las estancias de mi palacio como si fuera un fantasma. Un momento, ¿soy un fantasma? No, claro que no, si no estoy muerta, qué tontería.

Presa de este torbellino de pensamientos, Dina se limitó a deslizarse por los aposentos del castillo. De pronto, tropezó con Bella, su perra labrador.

-¡Oh, Bella, cuánto te añoro!-pensó mientras acariciaba el suave pelaje canela del can.-     Al   menos, puedo sentir las caricias.

De pronto, Bella se dirigió a ella y empezó a ladrarle con energía. -Bella, ¿puedes sentir mi presencia?

 

La perra empezó a mover el rabo con alegría y se sentó con la cabeza un poco ladeada, en un gesto habitual cada vez que veía a Dina.

-¡Oh, Bella! Cómo me consuela que me percibas.-Tras unas cuantas carantoñas a Bella, Dina decidió salir de su fortaleza para echar un vistazo por ahí.

Tras escurrirse por un ventanuco disfrutó como la etérea que era de la sensación de fundirse con el gélido viento antes de posarse sobre el suelo. A esas horas de la madrugada la calma imperaba pero una fuerte discusión la rompió. Provenía de una taberna. Dos hombres increpaban a un joven.

-Arréglatelas como puedas, David, pero nos tienes que pagar ya.

-Aún no puedo, de veras. El dinero que me prestasteis lo invertí en una máquina de trillar. Aún no he conseguido amortizarla con las ganancias. Solo pido una tregua de dos meses.

-Concedida, pero creemos que como has faltado a tu palabra de caballero mereces recibir una lección inolvidable-expresó el más fornido.

La cabeza de David fue zarandeada a consecuencia del puñetazo de su contrincante.

-¡Oh, Dios mío!-expresó una sorprendida Dina-Tengo que hacer algo para evitarlo.

Y con una actitud decidida y desafiante, Dina acometió una embestida sobre el agresor de David. Éste salió propulsado hacia la ventana de la tasca, cuyo cristal se rompió en añicos. El otro matón, lleno de incredulidad, se dio a la fuga, ante la atónita mirada de David. Éste, aun sin comprender lo que había ocurrido, se desternilló de risa. Dina sonrió para sus adentros. Había realizado su primera buena obra desde que era etérea. Algo bueno se había desprendido de su nuevo estado después de todo. Desde aquella noche, Dina se dedicó a sembrar la justicia. Si el fuerte quería aprovecharse del débil le daba un escarmiento.

Así, permanecía al lado del infeliz hasta que le transmitía un hálito de esperanza. Irradiaba energía sanadora a los enfermos. Así, la paz y la alegría se incrementaron en niveles exponenciales en su reino. De este modo, Dina se sentía mejor que nunca. Experimentaba una gran paz interior y mucho amor a los demás, lo cual no dejaba de constituir el alimento que nutría su alma.

Los habitantes del reino no eran ajenos a la presencia de Dina. Notaban la asistencia que les prestaba. No hallaban explicación lógica alguna al hecho pero sabían que un ángel de luz y amor allanaba sus dificultades. Por ello, empezaron a apoderarle el ángel. Tan absorta estaba Dina en realizar sus obras bondadosas que no se percató que su imagen etérea iba recobrando su corporalidad. Sí captó que sus necesidades afloraban de nuevo. Empezaba a tener hambre y sueño, por lo que visitaba las cocinas de su palacio para colmar su apetito. Y de repente, un día los demás también percibieron su imagen y con ella recuperaron los recuerdos acerca de su identidad.

 

-Oh, mi soberana-expresó un miembro de la guardia real y al instante cayó arrodillado.

Fue tal la alegría de la villa al reconocer en Dina al ángel que le hicieron un homenaje en el que le regalaron un collar de diamantes idéntico al que emanaba poderes mágicos. Y luego se organizó un gran banquete en su honor.

-¿Tendrá también propiedades ancestrales?-meditó Dina esa noche cuando contemplaba el fulgor que destellaba su joya. Observó la imagen que el espejo le devolvió cuando se puso el collar y se quedó petrificada. Una anciana con el rostro surcado de arrugas le devolvió la mirada. Se restregó los ojos como si estuviera soñando, pero la faz reflejada en el espejo seguía siendo la de una anciana.

-Vamos, Dina-resonó una voz varonil desconocida para ella- Se hace tarde. Un hombre canoso se le acercó y le besó en la frente con ternura y le dijo: -Dina, cariño, tienes que ir hoy al centro de día.

-¿A qué centro?-expresó con angustia. No se reconoció ni su propia voz.

-Vamos, cielo, al que vas todos los días. Te están esperando.

El hombre le ayudó a bajar las escaleras. Al salir de la casa una furgoneta le esperaba. Portaba un letrero publicitario en el dorso: centro de día de enfermos de Alzheimer. Una monitora descendió del furgón con celeridad en cuanto vio a Dina.

-Vamos, preciosa ¿cómo está hoy mi princesa de los collares?

A lo Bonnie and Clyde

 

 

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Con 50 años me quedé en paro. Yo era conductor de la Empresa Municipal de Transporte. En el año 2030 se instauró de forma permanente la conducción automática. Nos cesaron a toda la plantilla. Por más reuniones que mantuvimos con el sindicato,  por más manifestaciones que protagonizamos para luchar por nuestros derechos y por más huelgas que convocamos todo resultó en vano, un esfuerzo infructuoso. Formaba parte de la plantilla de la empresa como empleado laboral fijo desde hacía 25 años. A nuestros superiores les dio igual. Conseguimos una indemnización y cada uno a su casa. Exigimos que al menos nos reciclaran para realizar otras funciones dentro de la empresa pero nuestras súplicas cayeron en saco roto.

Todos los autobuses se propulsaban ya de forma automática. Los vehículos autónomos para el traslado de personas y mercancías transformaron nuestra realidad urbana. La inteligencia artificial absorbió gran parte de las tareas que hasta entonces habíamos realizado, multiplicó incluso la productividad y modificó el foco de nuestro trabajo como personas.

Al finalizar el último día de trabajo me acomodé en la barra de un bar a ahogar mis penas en alcohol. Me tomé un par de birras acompañadas de aceitunas rellenas, mis favoritas. Me volví a inspeccionar el ambiente y entonces la vi. En una pista al son de la música bailaba una rubia despampanante. Le caía su melena en una cascada de rizos hasta la cintura. Se contorsionaba con una elasticidad sorprendente para su edad. Enfundada en unos pantalones de cuero negro manifestaba una belleza atlética incomparable. Cuando sus ojos grises se encontraron con los míos me dirigió una sonrisa majestuosa y flexionó su dedo índice para invitarme a bailar. Yo me acerqué embelesado. Una gorra negra de porte militar coronaba su cabellera. Lo mismo podría haber sido una extranjera que una diosa acomodada en su trono. Cuando la alcancé me guiñó un ojo. La cerveza me dio la vitalidad y el desparpajo que necesitaba para danzar con ella.

Los dos nos mostrábamos desinhibidos. Ella meneaba su cintura a un ritmo frenético. Yo me sumergía cada vez más en esa atmósfera onírica que solo la combinación de música y pasión puede crear. Danzamos, al menos, durante una hora seguida. Cuando terminó el bailoteo ambos nos encontrábamos empapados de sudor. Nos dirigimos a la barra y la noche culminó con un cuba libre. Lo curioso de aquella velada era que apenas nos hizo falta hablar para comunicarnos. Estábamos tan compenetrados que cualquier palabra sobraba. Éramos presa de la risa floja y empezamos a tontear y a morrearnos una y otra vez. Fuimos los últimos en abandonar el local.

─ ¿Te puedo llevar a algún sitio? ─le pregunté todo galante.

─ ¡Uy! Que anticuado eres. ¿Aún conduces tú? Son mucho más cómodos ¡hip! los vehículos autónomos. ¿No crees?

─Sí, claro. Y la plata también es necesaria para poder adquirirlos. ¡No te jode!

─Bueno, bueno, tampoco es para ponerse así, tío.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que ni siquiera me había dicho su nombre.

─ ¿Cómo te llamas? ─le pregunté.

─Diana.

─Bonito nombre. Yo me llamo Andrés pero todo el mundo me llama Andy.

─Mola, Andy.

─Venga, sube. Te llevo a donde quieras─le dije mientras abría la portezuela del copiloto.

─ ¿No estás demasiado borracho como para conducir?

─He conducido en peores condiciones, te lo aseguro.

─Vale, genial ¡hip! Joder, no sé como voy a estar mañana para el control con esta cogorza.

─ ¿Control?

─Hace tres meses salí de una comunidad terapéutica para drogodependientes y en el CAD me hacen un control semanal.

─ ¿En el CAD?

─Sí, en el centro de atención a drogodependientes. No me digas que no has oído hablar de él. Bueno, mejor para ti. Eso es buena señal, denota que estás limpio.

─ ¿Qué te metías?

─Lo mío fue una escalada de las que hacen campeonato, pibe. Empecé con hachís y luego me pasé a la coca. Menudas rayitas esnifaba, tío. Me daba un subidón de adrenalina que no veas. Además, me ayudaban a rendir más en el trabajo. Entonces, curraba en una empresa privada de secretaria de dirección. El problema es que llega un momento en que necesitas aumentar el consumo para que se produzca el mismo efecto. A eso le llaman los especialistas tolerancia. El mono de cocaína es lo peor que hay, Andy. Te entra un tembleque por todo el cuerpo insoportable, ansiedad, etc. No se lo deseo ni a mi peor enemigo.

─ ¿Por qué has bebido hoy si eres drogadicta?

─A ver, tío. No confundamos los términos. No soy alcohólica ¿vale?

─Pues no sé yo con la resaca que llevas encima.

─Mira quien habló. ¿Y tú qué, don perfecto? No tiene el caballero ningún vicio inconfesable ¿verdad? Pues vaya aburrimiento, hijo.

A mi pesar la atracción inicial que sentí hacia esta mujer crecía por momentos. Combinaba una vulnerabilidad con una personalidad arrolladora que la hacía irresistible. Yo no pretendía enamorarme de una drogadicta pero así es la vida. Tras facilitarme su teléfono empezamos a salir. Diana tenía otro hábito insano, ya que fumaba como un carretero. Le supervisaba con disimulo para asegurarme de que era tabacolo único que inhalaba.

Disfrutamos de unos días inolvidables: paseábamos por los parques, además, como ella tenía tarjeta de discapacidad y yo de desempleado visitábamos museos de forma gratuita. Y algunas veces nos sentábamos a tomar el aperitivo en alguna terraza céntrica. A Diana le gustaba mucho leer así que le acompañaba a bibliotecas para adquirir libros en préstamo. Y como a mí me gustan mucho las películas sacábamos unas cuantas y las veíamos en sesiones maratonianas que organizábamos en mi piso.

─Y ¿Qué pasó Diana, por qué perdiste tu empleo?

─Imagínate, Andy. Fue por culpa de las drogas, tío.

─Ya.

─ ¿No dices nada más?

─ ¿Qué quieres que diga? Yo no te voy a juzgar.

─No pareces muy preocupado por mí.

─Claro que sí, mi vida. Confío en ti y en tu fuerza de voluntad para que te mantengas abstinente.

─Hago todo lo que puedo.

─Lo sé, cielo, lo sé─y nos sentamos a contemplar el estanque mientras recostaba la cabeza en mi hombro.

Y así transcurrió el tiempo. El problema es que no me salía trabajo ni por asomo. Por más videoconferencias que producía para darme visibilidad, por más entrevistas presenciales que realizaba no resultaba seleccionado. Encima, mi casero me había subido el coste del alquiler y se me había agotado la prestación por desempleo. Mi madre, que llevaba años enferma de Alzheimer, pasó a mejor vida. Para más complicaciones, yo era el único de mis cinco hermanos que no podía asumir el coste de la plusvalía del piso que heredamos. La gota que colmó el vaso fue una recaída que sufrió Diana en el consumo de cocaína y que la condujo a un ingreso hospitalario de diez días.

Yo mantenía la tranquilidad pero solo en apariencia. Por dentro era un hervidero de emociones contradictorias que pulsaban por liberarse. ¿Cuál vencería? La respuesta se encontró en uno de los siete pecados capitales, la ira. Soy humano y resistí todo lo que pude hasta que estallé. Y fue entonces cuando decidí emprender un plan que muchos catalogarían de maquiavélico pero que a mí me liberaría de mis tensiones.

Navegué por el internet profundo con ayuda de un amiguete mío que es un auténtico hacker. Mi objetivo era buscar un sitio en el que pudiera no solo comprar un arma sino también aprender a manejarla. Me salí con la mía. Conseguí una pistola 92FS de recarga rápida y con corredera de excepcional fuerza y durabilidad a un precio módico. Así que accedí a un curso clandestino para aprender a utilizar mi pistola. Me enseñaron incluso a disparar con dos manos.

Cuando Diana salió del hospital mostró mucho interés por mi nuevo juguete.

─ ¿Qué pretendes? ─me preguntó con curiosidad.

─ ¿Tú qué crees? Me propongo atracar un banco.

─Pero ¿qué dices?

─Lo que oyes.

─No puedes hablar en serio. No me lo creo.

─ ¿Y por qué me iba a tomar entonces tantas molestias por adquirir un arma y gastarme un pastón en aprender a usarla?

─ Pensaba que querías cazar.

─Venga ya, Diana. No me seas ingenua. Estamos sin blanca. Por más que lo intento, no consigo curro. No tengo otra opción.

─Enséñame a usar la pistola. Tal vez pueda ayudarte.

─ ¿Tú? No me hagas reír. Te tiembla tanto el pulso que dudo que acertaras un solo tiro.

─Oye, seré drogadicta pero no idiota. Lo puedo controlar ¿vale? Tú eres mi novio y te quiero mucho. Voy a ayudarte a sacar adelante tu plan. Después de todo, atracar un banco no debe ser empresa fácil. ¿Te vas a atrever a desvalijar uno que esté controlado por ordenadores cuánticos? Además, hay engendros de inteligencia artificial fuerte, que vigilan y son difíciles de esquivar.

─Coño, pues tenemos dos opciones. O nos vamos a una sucursal en la que aún trabajen seres humanos o si no mi amigo el hacker desprogramará el software que dirige algunas de las oficinas.

─Enséñame a utilizar una pistola, Andy.

─ ¿Estás segura? Es un artilugio muy peligroso.

─ Del todo.

─Pero tienes que templar tu pulso, cielo.

─Lo haré.

─Vámonos al campo y probemos allí a disparar a latas.

Y allá nos fuimos. Durante un mes le acompañé a diario a zonas aisladas de la periferia o a municipios rurales con el único afán de enseñarle a usar un arma. Para mi sorpresa, tenía mejor puntería que yo. Cuando consideré que ya estaba preparada le compré una pistola idéntica a la mía en el mercado negro. Y planeamos a conciencia el que sería nuestro primer golpe. Seleccioné una sucursal pequeña en la que tan solo trabajaba un hombre a jornada completa. El único inconveniente era que estaba custodiada por un androide. La robótica había desplazado a vigilantes y al personal de seguridad.

La automatización de procesos basada en los robots software-soft-bots había progresado como tecnología. Se trataba de programas seguros que controlaban aplicaciones de negocio sin intromisión y realizaban tareas masivas repetitivas basadas en las reglas del negocio. Los flujos de trabajo inteligentes integraban tareas realizadas por grupos de personas y máquinas. La machine learningpermitía identificar patrones en datos por aprendizaje supervisado y no supervisado. Se generaba también un lenguaje natural mediante la combinación de datos y resultados analíticos con expresiones contextualizadas.

En fin, este era el mundo al que nos enfrentábamos. No me quedó más remedio que recurrir a mi amigo Martín, un ingeniero de telecomunicaciones superdotado y con el síndrome de aspergen, una patología del espectro autista,  que trabajaba de forma simultánea para diversas compañías desde casa. Tenia seis ordenadores. Le pedí ayuda para desprogramar el robot que vigilaba la sucursal bancaria que íbamos a asaltar al día siguiente a las 12 horas del mediodía.

─Vale, Andy. Necesito unas cuatro horas.

─Hecho. ¿Cuánto?

─Dos mil euros, tío, qué menos.

─Vale, cuenta con ello mañana cuando disponga del botín.

Al día siguiente llegamos a la oficina elegida. Al entrar vi como los ojos del robot que custodiaba la entrada se volvían tenues, señal inequívoca de que se estaba desprogramando. Lo pude confirmar cuando su vida artificial se apagó y no reaccionó a nuestra tenencia de armas. El hombrecillo se quedó petrificado al ver cómo le apuntábamos Diana y yo con nuestras armas.

─Si quieres salir de esta con vida te sugiero que nos des todo el botín ─le dije.

El sudor le cubría el rostro mientras descifraba los códigos de seguridad de la caja fuerte. Conseguimos 25.000 euros. Aunque no era mucho no estaba nada mal para ser nuestro primer robo. Amordacé al sujeto en cuestión y se tardó un tiempo en descubrirse nuestro atraco. Nos protegimos con guantes para no dejar huellas dactilares. No fue necesario gastar ni una sola bala. Martín hizo tan bien su trabajo que nuestro primer golpe fue pan comido. Nuestro bautizo como atracadores fue todo un éxito.Y así llegamos a realizar unos cuantos asaltos más hasta llegar a acumular la nada desdeñable cifra de 100.000 euros.

─Cariño, yo creo que ya nos podemos retirar por el momento─le propuse a Diana.

─ ¿Ahora, Andy, con lo bien que nos va? Demos un golpe más y si quieres nos retiramos una temporada.

─ ¿Para qué quieres correr más riesgos? Tampoco es necesario que seas codiciosa.

Mi preocupación estaba justificada. Las autoridades españolas habían pedido ayuda a la División de Actividades Especiales de la CIA para descubrir nuestras estrategias tácticas y operativas. Un tal John, de la Embajada de los EE.UU nos pisaba los talones.

Al día siguiente acudimos a la sucursal correspondiente, en la que  trabajabande forma conjunta personas y androides. Antes de cada golpe inspeccionábamos bien la zona para desactivar posibles cámaras o grabadoras. El atraco salió bien aunque conseguimos tan solo 5.000 euros. Pero debimos cometer algún error porque al salir John nos esperaba mientras nos apuntaba con un rifle. Yo reaccioné de inmediato y atrapé a una chica que pasaba por la calle y la tomé como rehén. Me escabullí tras una esquina mientras dirigía la pistola a su sien. Corrí como alma que lleva el diablo. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que Diana no me seguía.

─ ¡Coño! pensé que me iba a imitar─medité mientras me paraba a reflexionar.

Oí un disparo y salí de mi ensimismamiento. Corrí hasta casa. Lo primero que hice fue encender la televisión. En el noticiario ya transmitían la noticia de la muerte de Diana, que había recibido un balazo en el corazón. El alma se me cayó a los pies. Me sentía vacío. Aquello no podía estar sucediendo. Al cabo de unos minutos mis hombros convulsionaron y sollocé como nunca antes lo había hecho. Supe que se había ido la razón de mi existencia. Como siempre nos cubríamos la cara con un pasamontañas negro no podían identificarnos. Pero muerta ella sería cuestión de tiempo que la relacionaran conmigo.

Lo primero que hice fue adquirir en el mercado negro un DNI falso con una nueva identidad. Me compré un chalet en Cercedilla. Me hice unos retoques faciales para cambiar mi cara y me teñí el pelo de rubio. Estaba irreconocible. Nadie podría identificarme salvo por las huellas dactilares o el ADN.

Aun así durante una temporada evité salir a la calle en la medida de lo posible. Encargaba un pedido on line o enviaba a mi robot doméstico a hacer la compra. El problema principal era mi estado de ánimo. Me sentía incapaz de asumir la pérdida de Diana. Pensé que era un proceso que debía elaborar poco a poco, pues el duelo era muy reciente. El problema es que transcurrieron dos meses y seguía hecho polvo. No hacía más que llorar la muerte de mi compañera. Ni podía ni quería vivir sin ella. Y lo peor de todo es que me consideraba culpable de su muerte. Tenía que haber evitado desde el principio involucrarla en los atracos o al menos no debía de haber huido sin ella.

Valoré mis opciones. ¿Qué hago, me suicido o me entrego? Opté por la segunda alternativa. Al menos expiaría mi culpa. Busqué a John a través de la Embajada americana y le revelé mi identidad. Y aquí estoy ahora, en una prisión de máxima seguridad. He decidido estudiar Derecho a distancia para luchar por los desahuciados como yo, involucrados en actividades delictivas porque el sistema no nos deja otra opción. Además, me planteo publicar un libro sobre nuestra historia. Te lo dedicaré a ti, Diana. ¡Va por ti!

 

Rumbo a la Antártida

Dedico este relato a la memoria de Roald Amundsen y a Albert Bosch y a su amigo Carles, exploradores protagonistas de esta historia.

   Roald Amundsen (1872-1928) fue el explorador noruego que lideró una expedición que conquistó el Polo sur el día 14-12-1911 a las 15 horas. Además, en 1926 dirigió una expedición aérea al Polo Norte, por lo que se convirtió en la primera persona en llegar a ambos polos. El 18-06-1928 participó en una misión de rescate en el Ártico junto a un piloto francés, otro noruego y tres franceses. Trataban de localizar a miembros de la tripulación del Nobile, cuya aeronave, “Italia” se había estrellado al regresar del Polo Norte. Pero Amundsen y sus compañeros no corrieron mejor suerte. Desaparecieron sin dejar rastro.

En el año 2011 un buen amigo mío alpinista y yo nos propusimos emular la gesta de Amundsen para conmemorar su aniversario. Sabíamos que nos perderíamos las fiestas navideñas, pero no desistimos por ello. Nos sometimos a un entrenamiento intensivo.

El día 18-10-2011 llegamos a Punta Arenas, capital de la ciudad de Chile. En 1848 Punta Arenas se estableció como colonia penal. Desde la década de 1880 y principios de 1900 la región recibió avalanchas de inmigrantes europeos, sobre todo, procedentes de Rusia y Croacia, atraídos por los yacimientos de oro y la cría de ovejas. Su importancia a nivel geológico y político es decisiva por su posición geográfica y su función logística para acceder a la Península Antártica.

Una vez que alcanzamos la plataforma de hielo sabíamos que dependíamos de nosotros mismos. El 31-10-2011 iniciamos la marcha. Dos personas partíamos desde el mar con la intención de alcanzar el Polo Sur a base de caminatas y sin ningún tipo de asistencia. Desde el primer momento, fuimos conscientes de la dureza extrema a la que nos enfrentábamos. Iniciamos el trayecto con un temporal espantoso. Ráfagas de vientos huracanados nos azotaban los rostros con una intensidad despiadada. Además, la visibilidad era nula. La combinación de ambos factores, el viento y la visibilidad, hacían inviable la posibilidad de un rescate de emergencia.

Provistos de esquíes para avanzar en las excursiones diarias arrastrábamos también los trineos con la tienda de campaña y todas las provisiones necesarias para nuestro sustento durante un tiempo estimado superior a los dos meses. Con la tormenta de nieve los esquíes se hundían. Y con el viento en contra el avance era muy penoso. La nada se abría ante nosotros entre susurros sibilantes provocados por la ventisca. Tan solo podíamos ver nuestros esquíes.

En esas condiciones tan extremas no solo luchábamos contra la furia de los elementos sino también contra el mareo que nos provocaba la niebla. Sabíamos que la tempestad nos fustigaría sin tregua durante los primeros 400 kilómetros. Al quinto día nos quedamos bloqueados durante varias jornadas en la tienda de campaña, pues no queríamos arriesgarnos a sufrir congelaciones en los miembros. Fueron diez días de inclemencias meteorológicas y de inseguridad. Acostumbrados a enfrentarnos a retos la incertidumbre era ya nuestra aliada. Nos veíamos obligados a excavar la nieve acumulada en la entrada de la tienda para no correr el riesgo de quedarnos sepultados por el hielo.

Al día 18 el tiempo mejoró y pudimos continuar nuestro trayecto. Pero otro problema nos esperaba. Mi amigo sufría intensas molestias en un talón que impedían su marcha con una mínima normalidad. Como causa probable se desprendía el sedentarismo forzado durante nuestro resguardo en la tienda. Así que tuvimos que activar un rescate de emergencia. Al día siguiente, el avión le recogió.

Y me quedé solo. Un ordenador y unos cascos de radiofrecuencia constituían toda mi conexión con el mundo. A veces, escuchaba música para amenizar la velada. Para mí, los días de Navidad fueron especialmente duros porque echaba de menos a mi familia. No pude contener la emoción que me embargó. La soledad era mi compañera perpetua en aquellas latitudes. Pero lo tengo asumido, consciente de que es el precio que tengo que pagar por conocer regiones apenas exploradas. Al fin y al cabo, la persistencia en el empeño por llegar a la meta y una actitud positiva son las claves del éxito en toda misión.

No obstante, me nutría de los recuerdos tan entrañables que mi mente evocaba de los encuentros familiares y de los juegos con mis pequeños. El día 31 de diciembre no disponía de las uvas de la suerte pero decidí seguir la tradición y despedí el año con avellanas. Sustituí las campanadas por golpes que daba en mi cazuela. Grabé la escena con la esperanza de encarrilar mi felicitación de Año Nuevo al mundo entero.

Aprovecho la coyuntura para agradecer a mi esposa la confianza que deposita en mí y los ánimos que me infunde para enfrentarme a retos tan ambiciosos. Se muestra muy tolerante conmigo y comprende el espíritu aventurero que me domina y mi afán por explorar territorios ignotos. Ella se sacrifica por mí y me alienta a seguir adelante porque sabe que la Naturaleza virgen me inspira y me revitaliza.

Por otro lado, durante la expedición yo también empecé a padecer achaques en los talones. Me puse unos vendajes y experimenté cierto alivio. A esas alturas de la travesía ambicionaba llegar. Valoraba los avances diarios como proezas conseguidas. Al día 67 culminé mi hazaña al llegar al Polo Sur, donde mi equipo me esperaba para darme la bienvenida. Había recorrido una media de 34’5 kilómetros diarios. Llegué con la barba congelada pero feliz de alcanzar mi meta.

A la llegada a mi tierra, Cataluña, concedía algunas entrevistas a los medios e impartí varias conferencias. También edité los vídeos y fotografías que había realizado. Me considero afortunado al haber recorrido un territorio virgen en conexión con la Naturaleza y descubrir sus secretos más recónditos.

 

The end

Asesinato en el Madrid de los Austrias. Episodio1

Aquella mañana se cernía una sombra sobre la comisaría. Se había producido un crimen en el Madrid de los Austrias. Se trataba de unn hombre muerto por una bala disparada con precisión a la arteria femoral. Sin duda, se trataba de un profesional.

─ ¿Qué tal te encuentras, Casal? ─Le preguntó Menéndez. Una secta satánica utilizó a Casal para cometer un crimen mediante hipnosis en una aventura previa.

─Ya bien, gracias. ¿Qué tenemos por aquí?

─Un hombre, de unos 35 años, acribillado por una sola bala. El departamento de balística la examina en estos momentos. En cuanto nos remita el informe proseguiremos.

─ ¿Identidad?

─La acaban de averiguar. Daniel Rovira Fernández. A ver, no he ido desencaminado con la edad. Tiene 36 años. Es jefe de gestión de una empresa privada. Casado, con dos hijos adolescentes. Vamos a ver a la viuda ipso facto. El cuerpo se halló cerca del palacio de Abrantes. Me encanta ese edificio, por cierto. Pertenece al siglo XVII.

─ ¿Quién encontró el cadáver?─Preguntó Casal mientras entraban al coche.

─Eran las 03:30horas de la madrugada. Una vecina de la calle Mayor nos avisó porque le pareció oír un disparo.

─Pues no sería tan profesional el asesino si no usó silenciador.

─Le mató a bocajarro. La misma vecina dice que oyó, en los minutos previos al disparo, una fuerte discusión entre un hombre y una mujer.

─Es sugerente. Aquí tenemos un triángulo amoroso, seguro.

─Vete tú a saber. ¡Ah! Un momento, me acaba de llegar el informe de balística─. Dijo Menéndez mientras examinaba su Tablet recién aparcado el vehículo.

─ ¡Joder! ─Exclamó Menéndez entre volutas de humo.

─ ¿Qué pasa?

─Tío, la bala es del calibre 243 disparada con un rifle. Si no recuerdo mal es la que se utiliza para caza mayor ¿no?

─Así es.

─El orificio de entrada fue por el fémur, que se fracturó y seccionó la arteria femoral en su trayectoria. A ver…La causa de la muerte es contundente: una hemorragia masiva. ¡Joder! He visto casos como este que se han salvado si reciben asistencia inmediata.

─Luego nos enfrentamos a un cazador.

─Seguro, pero cualquiera sabe. El tráfico de armas es uno de los negocios más suculentos. Cualquier persona que se preste a ello puede conseguir una en el mercado negro. Bueno, a ver qué nos cuenta la viuda.

Un ático de lujo en el barrio de Salamanca era la residencia de la familia Rovira. Una mujer rubia con los ojos llorosos les recibió con la voz congestionada.

─Nuestro más sentido pésame, señora─. Matizó Menéndez.

─Me llamo Alicia. Siéntense, por favor─. Dijo mientras les señalaba un sofá de piel. ─ ¿Quieren café o té?

─Nada, gracias. Queremos ocasionarle las menos molestias posibles aunque es inevitable que le hagamos algunas preguntas. ¿Sospecha de alguien?

─No, por Dios─. Dijo mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo. ─Mi marido era una buena persona, nunca se había metido en líos. Nadie le deseaba el mal. Bueno…la verdad es que cuando ascendió a jefe de gestión, varios compañeros que se creían ya con el puesto le hicieron el vacío. Pero no dejó de ser un hecho temporal. Luego, las aguas volvieron a su cauce.

─ ¿Cree que algún compañero puede estar resentido todavía?

─No le encuentro sentido. Ahora era una persona querida y respetada en la empresa.

─Se sorprendería usted las pasiones que levanta el odio, señora.

─Pero ¿qué dice? Nadie odiaba a mi marido.

─ ¿Se le conoce algún cambio de comportamiento?

─Bueno, ahora que lo menciona, sí. En los últimos meses parecía ausente.

─ ¿Ausente?

─Sí, estaba en las nubes. Mi marido era un lector compulsivo, de esos que devoran los libros, en sentido literal. Sin embargo, llevaba dos meses sin leer porque según él no podía concentrarse.

─ ¿A qué atribuye usted esa falta de concentración?

─No lo sé pero coincide con el inicio de un taller de poesía en el que se había inscrito en la biblioteca del Parque del Retiro. Asistía los martes de 19 a 21 horas. Él me decía que la poesía le ayudaba a evadirse de su rutina. Creo que por eso estaba tan ensimismado. Pero yo pienso que había algo más. Llámelo intuición femenina.

─ ¿Por qué opina eso? ─Preguntó Casal, interviniendo por primera vez.

─Porque hacíamos menos vida de pareja, ya me entiende. Y también salía más por su cuenta.

─ ¿A dónde iba?

─Mire, inspector, le voy a ser sincera. Él decía que participaba en tertulias literarias con su grupo de poesía. Pero yo sospecho que había algo más.

─ ¿A qué se refiere? ¿Cree que su marido tenía un romance? ─Determinó Menéndez directo al grano.

─No lo sé. Una parte de mí cree que sí pero otra parte se resiste a creerlo. Llevábamos casados quince años y siempre me ha sido fiel ¿sabe?

─Siento haber sido tan directo, señora, pero se sorprendería de lo que es capaz de hacer un amante despechado.

De pronto, el rostro de Alicia se congestionó y empezó a agitar los hombres de forma compulsiva mientras daba rienda suelta a su llantina.

─No puedo más. Lo siento.

─No se preocupe, Alicia. Tómese una tila. Le sentará bien.

Y se despidieron con ceremonia. ─ ¿Qué te parece, Casal?

─Podríamos hablar con el profesor del grupo de poesía.

─Sí, vamos rápido.

 

Fin del primer episodio. Continuará el viernes.

 

 

 

 

 

Capítulo 3. ENIGMA

 

CAPÍTULO 3

 

El inspector Menéndez roncaba en el curso de una cabezada cuando le sobresaltó el sonido de su móvil. La melodía de “Titanic” se extendió por toda la estancia mientras se levantaba ipso facto.

─ ¿Diga? ─Contestó malhumorado. ─De acuerdo, ahora mismo voy.

Cuando Menéndez llegó a la escena del crimen ya se había personado Casal. La chica, rubia de bote y con los ojos castaños yacía tumbada con el rostro exánime. Una “C” se pintaba en su frente. Menéndez extrajo una nota de su bolsillo en la que se leía: cita en el infierno.

─ ¿Quién era? ─Masculló Menéndez.

Casal, que ya había recopilado datos de la víctima, se apresuró a responder:

─Era una estudiante universitaria de Matemáticas. Vivía aquí con su novio. Volvía de una fiesta antes de que finalizara porque, según testigos, había bebido demasiado. El problema es que su novio había ingerido mucho más alcohol que ella hasta perder el conocimiento. Me consta que le están valorando ahora mismo en urgencias por un probable coma etílico.

─ ¡Joder! ¿Edad?

─Sonia tenía 23 años.

─Cada vez son más jóvenes. ¡Hijos de puta!

─Casal, estás en una secta muy sospechosa. Quiero resultados ¡ya!

─Sí, jefe. De hecho, el fin de semana haremos un retiro espiritual ahí en el centro.

─Pues averigua algo ¡ipso facto! Mientras tanto, interrogaré a la familia de la chica.

Nacho, que seguía ensimismado con Berta, se alegró de la llegada del fin de semana.

El día señalado, Úrsula, la directora, inició un discurso de introducción al retiro:

─Bienvenidos al encuentro. Estáis aquí porque en el tiempo que lleváis con nosotros habéis hecho alarde de una fidelidad a los principios del centro. Por eso, merecéis una recompensa. Y como somos justo os la ofrecemos. Cada uno de vosotros ha sembrado una semilla en su corazón que os capacita para

 

alcanzar el poder de la oscuridad. Los caminos de las sombras son inescrutables. Solo si deseáis llegar a─ la meta la alcanzareis. Hoy os daremos la oportunidad de rendir tributo al Señor Tenebroso. Si le mostráis vuestra sumisión contemplaréis su dominio. Si os rendís ante Él, su fuerza os inundará y renaceréis como hombres y mujeres nuevos, llenos de una energía acorde con la nueva era.

Para que seáis de verdad dignos siervos de su influjo diabólico cada uno de vosotros tiene que otorgar su voto de confianza a sus representantes, vuestros mentores. Además, tenéis que superar una última prueba. Si lo conseguís, os habréis convertidos en miembros de pleno derecho y podréis participar en todas las actividades del centro, incluidas las ceremonias nocturnas. También os invito a pasear por nuestros jardines y a visitar nuestro invernadero.

Nacho tenía cita con Berta a las 11 horas, por lo que le pareció buena idea dar una vuelta por las inmediaciones. El invernadero era enorme. Había plantas muy vistosas. ¡Un momento! En seguida, le llamó la atención un arbusto de tallo grueso y leñoso cubierto de un polvillo blanco. Las hojas, muy grandes, eran de color púrpura oscuro. Para Nacho, aficionado a la botánica, no cabía ninguna duda. Aquel vegetal era el ricino. No había que estrujarse la mollera para saber que cualquier persona con unas nociones básicas de química podía extraer el veneno. ¡Qué hallazgo! Pero era preciso descubrir alguna pista más. Miró presuroso a su reloj: 10’55 horas. No podía demorarse en su cita con Berta. Ya llamaría después a Menéndez.

─Bueno, Nacho. Felicidades por estar aquí. Estás a punto de alcanzar unos objetivos que te cambiarán la vida, te lo aseguro. ¿Cómo te sientes? ─Le preguntó Berta.

─Bien.

─Estupendo. Y ahora vamos a practicar un ritual para que alcances un bienestar óptimo.

─ ¿Cómo?

─Tú déjate llevar. Ahora vas a pensar solo en lo que yo te digo. Tus párpados pesan mucho, tanto que no puedes mantenerlos abiertos. Y estás muy receptivo a mi mensaje. Mis órdenes son deseos para ti. El Poderoso quiere que pruebes tu valor y le consagres una ofrenda que simbolice tu sumisión a Él.

Esta noche inyectarás nuestra preciada ricina, poción del diablo, en la sangre de una persona cualquiera. Le ofreces un regalo muy valioso, una muerte rápida e indolora, libre de agonía. Y a Satanás le demuestras, de esta manera, tu fidelidad. Entonces, te dotará de un poder que te hará sobresalir entre los demás. Sellarás tu pacto para alcanzar la inmortalidad. ¡Ah! Pinta con esta tiza una D en la frente de la víctima y le introduces esta frase en el bolsillo. Es la ofrenda.

 

 

Nacho, empujado por el estado de trance en que le había sumido la hinopsis se sentó en un banco del jardín. Luego almorzó en el comedor sin emitir palabra alguna. Tenía la mirada perdida. Y por la noche salió dispuesto a cumplir su cometido. No tardó mucho en encontrar una calle atravesada por un alma solitaria. Una chica morena caminaba con prisa mientras taconeaba el asfalto. Nacho portaba la jeringuilla con la solución de ricina. La muchacha miraba de vez en cuando hacia atrás, como si se sintiera vigilada. Por eso, Nacho se ocultó entre los árboles con sigilo. La chica frenó en seco cuando su móvil empezó a emitir pitidos intermitentes. Entonces, Nacho aprovechó su distracción y se abalanzó sobre ella. Pero la fémina en cuestión lejos de amilanarse lanzó el móvil al suelo y le dio una patada contundente en sus partes. Nacho gritó y soltó la jeringuilla. La joven, experta en artes marciales, aprovechó su indisposición para atizarle un puntapié que le derribó. Nacho estaba embotado. En seguida, le redujo y avisó a la policía.

Menéndez no podía dar crédito a que su ayudante y mano derecha hubiese cometido un intento de asesinato. ─ ¿Por qué? ─ Le preguntó con la incredulidad pintada en su rostro.

Tras una breve investigación, se detuvo a Úrsula y a su pareja, el fornido que se cubría con la capucha por las noches, como sospechosos de asesinato en primer grado e inducción al crimen a inocentes.

En el juicio se les declaró culpables del delito imputado al demostrarse en vídeos y otras grabaciones que incitaban a los adeptos de la secta a cometer los crímenes bajo los efectos de la hipnosis. Casal y los demás prosélitos fueron declarados inocentes, pues también estaban influidos por todo tipo de aquelarres que les despojaban de su voluntad. Sin embargo, el Juez decretó que, como víctimas de una organización sectaria destructiva sufrían efectos devastadores sobre su personalidad, por lo que les pautó una valoración por un especialista y la realización de un tratamiento terapéutico. Los mentores de la organización también fueron detenidos y acusados como cómplices de asesinato.

Casal permaneció dos meses de baja médica pero al final pudo salvar su matrimonio. Casal tuvo que recurrir, además, a un parapsicólogo para deshacer los sortilegios de magia negra practicados sobre su persona. Y por fin se reincorporó al trabajo en un momento en que Menéndez tenía muchos quebraderos de cabeza por un crimen que había tenido lugar en el Madrid de los Austrias. Pero esto es otra historia.

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Enigma. Capítulo 2

Aquella noche Aida montó en cólera. ─Pero bueno, Nacho ¿Tu jefe se ha vuelto loco? ¿Por qué no va él a investigar a la secta en vez de enviar al pardillo de turno? Te utiliza y se aprovecha de tu condescendencia.

─No me queda más remedio que obedecer, Aida. Es mi jefe y es mi responsabilidad cumplir sus instrucciones.

─Está chalado, Nacho. ¿No te das cuenta? No, claro, estás demasiado implicado para ser consciente de ello. Te está absorbiendo el seso. ¿No ves que ya ni siquiera tenemos vida propia? Traerte trabajo a casa se ha convertido en una rutina para ti. Estás nervioso y estresado todo el tiempo.

─Aida, entiéndeme, por favor. Tengo innumerables informes que realizar. En la oficina no me da tiempo a elaborarlos.

─Yo creo que deberías renunciar a tu puesto o mejor aún ¿por qué no pides un cambio a otro departamento?

─Sabes que soy fiel a mi vocación. Me gusta investigar homicidios. Para eso estudié criminología.

─Lo entiendo, pero tanto esfuerzo ¿par qué? Ni te pagan horas extras ni te reconocen tus méritos. En la última investigación que realizasteis también hiciste tú el trabajo sucio y luego quien se lleva todos los méritos es tu jefe. Y encima, le condecoran a él y tú como si no existieras. ¡Despierta, Nacho! ¡Está abusando de ti!

─Es posible que me exija demasiado, pero es que el trabajo lo requiere. La vida de las personas está en juego.

─Pues que contraten a más personal. Pero claro, mientras el tonto de turno trabaje por dos y encima sin quejarse. ¿Pues sabes lo que te digo? ¡Haz lo que te de la gana! Ahora, te aviso. Mi paciencia tiene un límite y se está agotando. Creo que tienes un problema grave: te has convertido en un adicto al trabajo─. A medida que Aida hablaba elevaba el tono de voz.

─ ¡Ya basta! ─Explotó Nacho. ¿No te das cuenta de que estoy sometido a mucha presión? Solo te pido que tengas paciencia conmigo.

─Sí claro. ¡Vete al infierno!

Aquella noche y por primera vez desde que se casaran, hacía ya cuatro años, durmieron separados. El insomnio fue el aliado de Casal, por lo que se despertó con un humor de perros. Apenas probó bocado en el desayuno y salió disparado a la oficina, sin ver a Aida.

─Buenos días─. Disparó Menéndez con frialdad. ─He analizado tus informes. Creo que deberías introducirte en la secta “Sendero oscuro” porque se me antoja que es demasiado hermética. Intégrate todo lo que puedas y me informas ¿vale? Por favor, ¿está ya listo el intérprete? ─Vociferó por otra línea, pues iba a entrevistar a la familia del chico muerto. ─Suerte, Casal. Ya me informarás. ¿Estás bien? Tienes mala cara.

─Si, es solo que no he podido dormir bien hoy.

─Cuídate. Hasta la vista.

Tras pedir una cita con una señorita en la secta, acudió Casal raudo a la convocatoria. Una mujer morena con una melena que le caía en bucles hasta los hombros y con unos ojos verdes de mirada penetrante le recibió con amabilidad.

 

Embutida en un traje chaqueta que resaltaba su figura, no estaba exenta de atractivo.

─ ¿Qué tal estás Nacho?

─Bien, bien.

─ ¿A qué te dedicas?

─Estudio la posibilidad de abrir un negocio.

─Ah, muy bien. ¿Qué clase de negocio?

─Un restaurante vegetariano. Pero aún estudio la viabilidad del proyecto.

Casal pocas veces perdía el control de sí mismo pero en ese momento, ante la mirada de la bella desconocida empezaron a temblarle las manos.

─ ¿Qué te ocurre? Te veo muy nervioso.

─ Bueno, es que tengo que afrontar muchas tensiones en estos momentos.

─ ¿Quieres hablar de ello?

─ Ahora no, son conflictos que he de resolver, pero agradezco la preocupación.

─ ¿Qué esperas recibir de este centro?

─Calidez, amigos, actividades…

─Entonces, me alegra comunicarte que has venido al lugar adecuado. No te ofendas, Nacho, pero te veo mal. En nuestra compañía puedes recuperarte. Nos gustaría ser una familia para ti y ayudarte. A partir de ahora yo soy tu mentora y te asesoraré en las actividades que, desde mi punto de vista, te pueden beneficiar en mayor grado. Te propongo que realices yoga, además lo imparto yo. Te recomiendo tres sesiones a la semana. Ya verás como te relajas. También realizamos a diario, de lunes a viernes, una sesión de meditación a las 20 horas. Tu suscripción como socio de nuestra asociación asciende tan solo a 30 euros al mes durante los primeros seis meses y a partir del séptimo 50 euros al mes. Nuestras actividades se asemejan a los juegos de rol, ya que cuando asistes con asiduidad y consigues tus metas se te abren posibilidades sugerentes.

─ ¿Me podrías aportar más información sobre dichas posibilidades?

Guiñándole un ojo, Berta, que así se llamaba la mentora, respondió: ─Estás impaciente ¿eh? Todo a su debido tiempo, Nacho. También organizamos fiestas a las que, por supuesto, esperamos que asistas. Y, levantándose, Berta se despidió de Casal no sin antes firmar este su contrato como socio.

Cuando llegó a la comisaría Menéndez estaba alterado. ─Espero que te haya ido mejor que a mí porque estoy que me subo por las paredes. Han venido los padres del pobre americano y… apenas podían articular palabra alguna. Están

 

destrozados así que no les he podido entrevistar. Van a repatriar el cuerpo. Y ¿qué tal te ha ido a ti?

─Bueno, me he hecho socio y voy a ir a clases de yoga y a meditación. No podré participar en más actividades hasta que no confíen en mí.

─Mañana se cumplen dos semanas desde el primer crimen. Mantengámonos alerta─. Casal se acordó del comentario de su señora esposa alegando que Menéndez estaba loco cuando le dirigió una mirada escrutadora con unos ojos que parecían salirse de sus órbitas.

Aquella noche Casal durmió con un desasosiego tal que apenas pudo distinguir la realidad de las ensoñaciones que poblaban su mente con los recuerdos de Berta. Cuando despertó tenía la frente perlada de sudor. Se levantó del sofá. Berta dominaba sus pensamientos hasta tal punto que se sentía incapaz de pensar en nadie más. Ejercía sobre él una atracción casi irresistible. Aida le miró preocupada mientras sorbía su tazón de café─. Cada vez estás más pálido, Nacho.

─Estoy bien aunque he dormido poco─. Lo cierto es que apenas engulló una rebanada de pan tostado con mermelada y mantequilla se levantó con celeridad dispuesto a recibir su primera clase de yoga.

Cuando vio a Berta se avergonzó al sentir el flechazo, como si de un colegial se tratase. El mero contacto físico con ella, cuando le corregía algún ejercicio desataba en él una sensación eléctrica que le galvanizaba todo el cuerpo. Al despedirse de ella no podía evitar darle un beso o incluso un abrazo. Pero el martirio se iniciaba cuando abandonaba el recinto, porque suponía desligarse de Berta, al menos, en un plano físico. A nivel mental, su presencia invadía su mente y se imponía frente a cualquier otro pensamiento.

Así, Nacho se mostraba más hiperactivo que nunca, con la esperanza de sumergirse en una actividad que le obligase a concentrarse para liberarse del influjo de Berta. En la comisaría indagaba sobre las pistas del caso, se coordinaba con los laboratorios, con la policía científica, etc. Se sumergió en tal frenesí que hasta su jefe trató de limitar su paroxismo.

─Casal, descansa un poco, relájate. Te vendría bien salir a tomar un café y despejarte un poco.

Pero nada podía inducirle a la relajación imbuido por la idea de ver cuanto antes a Berta.

Este cambio no lo pasó por alto Aida y una mañana, toda seria le dijo: ─Quiero el divorcio.

─Pero ¿qué dices, mujer? No me vengas con historias.

─Estás aturdido y ausente todo el tiempo. Ya ni siquiera te reconozco. No puedo seguir así. Lo siento.

 

─Vamos a darnos un tiempo.

─ ¿Para qué? ¡Mírate! No sé en que pesadilla andas metido pero si no despiertas pronto me perderás.

Nacho ya ni siquiera le escuchaba, pues no podía dejar de pensar en Berta. Además, se dirigía de nuevo a su clase.

No muy lejos de allí, en la sede de la secta, una mujer rubia y delgada con un brillo en la mirada y sonrisa prepotente charlaba con Berta. Era Úrsula, la directora del centro.

─ ¿Ha funcionado?

─Ya lo creo. Está colado por mí.

─Esta vez el amarre energético que hemos realizado ha dado en el clavo. ¿Está pagando ya por las clases?

─Por supuesto.

─Estupendo. Dentro de poco le pasaremos a la segunda fase. Ya sabes lo que tienes que hacer─. Berta asintió con sumisión ante la autoridad que desprendía Úrsula.

Aquella noche, se celebraba un acto especial en la secta. El encapuchado lucía un torso atlético. Su musculatura resaltaba mientras portaba un machete. De repente, apareció Úrsula. Impresionaba embutida en su mono rojo.

─Nosotros regentamos la fuerza. Nadie tiene más poder que quien decide sobre la vida y sobre la muerte. Así ostentamos nuestra condición divina al adoptar decisiones de trascendencia. Decidimos quien vive y quien muere. Nuestro aliado es Belcebú. Él nos inviste de autoridad para que seamos sus siervos durante nuestra reencarnación en el planeta. ¿Quién quiere entregarse a Satán? ─Preguntó Úrsula mientras levantaba la mano con una sonrisa que alentaba a los allí congregados. La algarabía fue tal que todos estallaron en gritos para proclamar su adoración al diablo.

Al día siguiente, Sonia caminaba en zigzag. No quiso que nadie le acompañara a casa, a pesar de haber consumido más alcohol del conveniente. Llegó. Apenas atinaba a introducir las llaves en el portal. El temblor de sus manos era más que perceptible. Fue presa fácil. Ofuscada como estaba apenas se percató de la sombra que se cernía sobre ella para saciar su afán depredador. Apenas opuso resistencia cuando la aguja penetró en la yugular. Todo se sumió en la oscuridad con el último latido de su corazón.