A lo Bonnie and Clyde

 

 

A lo Bonnie and Clydeestampaalobonnie

 

Con 50 años me quedé en paro. Yo era conductor de la Empresa Municipal de Transporte. En el año 2030 se instauró de forma permanente la conducción automática. Nos cesaron a toda la plantilla. Por más reuniones que mantuvimos con el sindicato,  por más manifestaciones que protagonizamos para luchar por nuestros derechos y por más huelgas que convocamos todo resultó en vano, un esfuerzo infructuoso. Formaba parte de la plantilla de la empresa como empleado laboral fijo desde hacía 25 años. A nuestros superiores les dio igual. Conseguimos una indemnización y cada uno a su casa. Exigimos que al menos nos reciclaran para realizar otras funciones dentro de la empresa pero nuestras súplicas cayeron en saco roto.

Todos los autobuses se propulsaban ya de forma automática. Los vehículos autónomos para el traslado de personas y mercancías transformaron nuestra realidad urbana. La inteligencia artificial absorbió gran parte de las tareas que hasta entonces habíamos realizado, multiplicó incluso la productividad y modificó el foco de nuestro trabajo como personas.

Al finalizar el último día de trabajo me acomodé en la barra de un bar a ahogar mis penas en alcohol. Me tomé un par de birras acompañadas de aceitunas rellenas, mis favoritas. Me volví a inspeccionar el ambiente y entonces la vi. En una pista al son de la música bailaba una rubia despampanante. Le caía su melena en una cascada de rizos hasta la cintura. Se contorsionaba con una elasticidad sorprendente para su edad. Enfundada en unos pantalones de cuero negro manifestaba una belleza atlética incomparable. Cuando sus ojos grises se encontraron con los míos me dirigió una sonrisa majestuosa y flexionó su dedo índice para invitarme a bailar. Yo me acerqué embelesado. Una gorra negra de porte militar coronaba su cabellera. Lo mismo podría haber sido una extranjera que una diosa acomodada en su trono. Cuando la alcancé me guiñó un ojo. La cerveza me dio la vitalidad y el desparpajo que necesitaba para danzar con ella.

Los dos nos mostrábamos desinhibidos. Ella meneaba su cintura a un ritmo frenético. Yo me sumergía cada vez más en esa atmósfera onírica que solo la combinación de música y pasión puede crear. Danzamos, al menos, durante una hora seguida. Cuando terminó el bailoteo ambos nos encontrábamos empapados de sudor. Nos dirigimos a la barra y la noche culminó con un cuba libre. Lo curioso de aquella velada era que apenas nos hizo falta hablar para comunicarnos. Estábamos tan compenetrados que cualquier palabra sobraba. Éramos presa de la risa floja y empezamos a tontear y a morrearnos una y otra vez. Fuimos los últimos en abandonar el local.

─ ¿Te puedo llevar a algún sitio? ─le pregunté todo galante.

─ ¡Uy! Que anticuado eres. ¿Aún conduces tú? Son mucho más cómodos ¡hip! los vehículos autónomos. ¿No crees?

─Sí, claro. Y la plata también es necesaria para poder adquirirlos. ¡No te jode!

─Bueno, bueno, tampoco es para ponerse así, tío.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que ni siquiera me había dicho su nombre.

─ ¿Cómo te llamas? ─le pregunté.

─Diana.

─Bonito nombre. Yo me llamo Andrés pero todo el mundo me llama Andy.

─Mola, Andy.

─Venga, sube. Te llevo a donde quieras─le dije mientras abría la portezuela del copiloto.

─ ¿No estás demasiado borracho como para conducir?

─He conducido en peores condiciones, te lo aseguro.

─Vale, genial ¡hip! Joder, no sé como voy a estar mañana para el control con esta cogorza.

─ ¿Control?

─Hace tres meses salí de una comunidad terapéutica para drogodependientes y en el CAD me hacen un control semanal.

─ ¿En el CAD?

─Sí, en el centro de atención a drogodependientes. No me digas que no has oído hablar de él. Bueno, mejor para ti. Eso es buena señal, denota que estás limpio.

─ ¿Qué te metías?

─Lo mío fue una escalada de las que hacen campeonato, pibe. Empecé con hachís y luego me pasé a la coca. Menudas rayitas esnifaba, tío. Me daba un subidón de adrenalina que no veas. Además, me ayudaban a rendir más en el trabajo. Entonces, curraba en una empresa privada de secretaria de dirección. El problema es que llega un momento en que necesitas aumentar el consumo para que se produzca el mismo efecto. A eso le llaman los especialistas tolerancia. El mono de cocaína es lo peor que hay, Andy. Te entra un tembleque por todo el cuerpo insoportable, ansiedad, etc. No se lo deseo ni a mi peor enemigo.

─ ¿Por qué has bebido hoy si eres drogadicta?

─A ver, tío. No confundamos los términos. No soy alcohólica ¿vale?

─Pues no sé yo con la resaca que llevas encima.

─Mira quien habló. ¿Y tú qué, don perfecto? No tiene el caballero ningún vicio inconfesable ¿verdad? Pues vaya aburrimiento, hijo.

A mi pesar la atracción inicial que sentí hacia esta mujer crecía por momentos. Combinaba una vulnerabilidad con una personalidad arrolladora que la hacía irresistible. Yo no pretendía enamorarme de una drogadicta pero así es la vida. Tras facilitarme su teléfono empezamos a salir. Diana tenía otro hábito insano, ya que fumaba como un carretero. Le supervisaba con disimulo para asegurarme de que era tabacolo único que inhalaba.

Disfrutamos de unos días inolvidables: paseábamos por los parques, además, como ella tenía tarjeta de discapacidad y yo de desempleado visitábamos museos de forma gratuita. Y algunas veces nos sentábamos a tomar el aperitivo en alguna terraza céntrica. A Diana le gustaba mucho leer así que le acompañaba a bibliotecas para adquirir libros en préstamo. Y como a mí me gustan mucho las películas sacábamos unas cuantas y las veíamos en sesiones maratonianas que organizábamos en mi piso.

─Y ¿Qué pasó Diana, por qué perdiste tu empleo?

─Imagínate, Andy. Fue por culpa de las drogas, tío.

─Ya.

─ ¿No dices nada más?

─ ¿Qué quieres que diga? Yo no te voy a juzgar.

─No pareces muy preocupado por mí.

─Claro que sí, mi vida. Confío en ti y en tu fuerza de voluntad para que te mantengas abstinente.

─Hago todo lo que puedo.

─Lo sé, cielo, lo sé─y nos sentamos a contemplar el estanque mientras recostaba la cabeza en mi hombro.

Y así transcurrió el tiempo. El problema es que no me salía trabajo ni por asomo. Por más videoconferencias que producía para darme visibilidad, por más entrevistas presenciales que realizaba no resultaba seleccionado. Encima, mi casero me había subido el coste del alquiler y se me había agotado la prestación por desempleo. Mi madre, que llevaba años enferma de Alzheimer, pasó a mejor vida. Para más complicaciones, yo era el único de mis cinco hermanos que no podía asumir el coste de la plusvalía del piso que heredamos. La gota que colmó el vaso fue una recaída que sufrió Diana en el consumo de cocaína y que la condujo a un ingreso hospitalario de diez días.

Yo mantenía la tranquilidad pero solo en apariencia. Por dentro era un hervidero de emociones contradictorias que pulsaban por liberarse. ¿Cuál vencería? La respuesta se encontró en uno de los siete pecados capitales, la ira. Soy humano y resistí todo lo que pude hasta que estallé. Y fue entonces cuando decidí emprender un plan que muchos catalogarían de maquiavélico pero que a mí me liberaría de mis tensiones.

Navegué por el internet profundo con ayuda de un amiguete mío que es un auténtico hacker. Mi objetivo era buscar un sitio en el que pudiera no solo comprar un arma sino también aprender a manejarla. Me salí con la mía. Conseguí una pistola 92FS de recarga rápida y con corredera de excepcional fuerza y durabilidad a un precio módico. Así que accedí a un curso clandestino para aprender a utilizar mi pistola. Me enseñaron incluso a disparar con dos manos.

Cuando Diana salió del hospital mostró mucho interés por mi nuevo juguete.

─ ¿Qué pretendes? ─me preguntó con curiosidad.

─ ¿Tú qué crees? Me propongo atracar un banco.

─Pero ¿qué dices?

─Lo que oyes.

─No puedes hablar en serio. No me lo creo.

─ ¿Y por qué me iba a tomar entonces tantas molestias por adquirir un arma y gastarme un pastón en aprender a usarla?

─ Pensaba que querías cazar.

─Venga ya, Diana. No me seas ingenua. Estamos sin blanca. Por más que lo intento, no consigo curro. No tengo otra opción.

─Enséñame a usar la pistola. Tal vez pueda ayudarte.

─ ¿Tú? No me hagas reír. Te tiembla tanto el pulso que dudo que acertaras un solo tiro.

─Oye, seré drogadicta pero no idiota. Lo puedo controlar ¿vale? Tú eres mi novio y te quiero mucho. Voy a ayudarte a sacar adelante tu plan. Después de todo, atracar un banco no debe ser empresa fácil. ¿Te vas a atrever a desvalijar uno que esté controlado por ordenadores cuánticos? Además, hay engendros de inteligencia artificial fuerte, que vigilan y son difíciles de esquivar.

─Coño, pues tenemos dos opciones. O nos vamos a una sucursal en la que aún trabajen seres humanos o si no mi amigo el hacker desprogramará el software que dirige algunas de las oficinas.

─Enséñame a utilizar una pistola, Andy.

─ ¿Estás segura? Es un artilugio muy peligroso.

─ Del todo.

─Pero tienes que templar tu pulso, cielo.

─Lo haré.

─Vámonos al campo y probemos allí a disparar a latas.

Y allá nos fuimos. Durante un mes le acompañé a diario a zonas aisladas de la periferia o a municipios rurales con el único afán de enseñarle a usar un arma. Para mi sorpresa, tenía mejor puntería que yo. Cuando consideré que ya estaba preparada le compré una pistola idéntica a la mía en el mercado negro. Y planeamos a conciencia el que sería nuestro primer golpe. Seleccioné una sucursal pequeña en la que tan solo trabajaba un hombre a jornada completa. El único inconveniente era que estaba custodiada por un androide. La robótica había desplazado a vigilantes y al personal de seguridad.

La automatización de procesos basada en los robots software-soft-bots había progresado como tecnología. Se trataba de programas seguros que controlaban aplicaciones de negocio sin intromisión y realizaban tareas masivas repetitivas basadas en las reglas del negocio. Los flujos de trabajo inteligentes integraban tareas realizadas por grupos de personas y máquinas. La machine learningpermitía identificar patrones en datos por aprendizaje supervisado y no supervisado. Se generaba también un lenguaje natural mediante la combinación de datos y resultados analíticos con expresiones contextualizadas.

En fin, este era el mundo al que nos enfrentábamos. No me quedó más remedio que recurrir a mi amigo Martín, un ingeniero de telecomunicaciones superdotado y con el síndrome de aspergen, una patología del espectro autista,  que trabajaba de forma simultánea para diversas compañías desde casa. Tenia seis ordenadores. Le pedí ayuda para desprogramar el robot que vigilaba la sucursal bancaria que íbamos a asaltar al día siguiente a las 12 horas del mediodía.

─Vale, Andy. Necesito unas cuatro horas.

─Hecho. ¿Cuánto?

─Dos mil euros, tío, qué menos.

─Vale, cuenta con ello mañana cuando disponga del botín.

Al día siguiente llegamos a la oficina elegida. Al entrar vi como los ojos del robot que custodiaba la entrada se volvían tenues, señal inequívoca de que se estaba desprogramando. Lo pude confirmar cuando su vida artificial se apagó y no reaccionó a nuestra tenencia de armas. El hombrecillo se quedó petrificado al ver cómo le apuntábamos Diana y yo con nuestras armas.

─Si quieres salir de esta con vida te sugiero que nos des todo el botín ─le dije.

El sudor le cubría el rostro mientras descifraba los códigos de seguridad de la caja fuerte. Conseguimos 25.000 euros. Aunque no era mucho no estaba nada mal para ser nuestro primer robo. Amordacé al sujeto en cuestión y se tardó un tiempo en descubrirse nuestro atraco. Nos protegimos con guantes para no dejar huellas dactilares. No fue necesario gastar ni una sola bala. Martín hizo tan bien su trabajo que nuestro primer golpe fue pan comido. Nuestro bautizo como atracadores fue todo un éxito.Y así llegamos a realizar unos cuantos asaltos más hasta llegar a acumular la nada desdeñable cifra de 100.000 euros.

─Cariño, yo creo que ya nos podemos retirar por el momento─le propuse a Diana.

─ ¿Ahora, Andy, con lo bien que nos va? Demos un golpe más y si quieres nos retiramos una temporada.

─ ¿Para qué quieres correr más riesgos? Tampoco es necesario que seas codiciosa.

Mi preocupación estaba justificada. Las autoridades españolas habían pedido ayuda a la División de Actividades Especiales de la CIA para descubrir nuestras estrategias tácticas y operativas. Un tal John, de la Embajada de los EE.UU nos pisaba los talones.

Al día siguiente acudimos a la sucursal correspondiente, en la que  trabajabande forma conjunta personas y androides. Antes de cada golpe inspeccionábamos bien la zona para desactivar posibles cámaras o grabadoras. El atraco salió bien aunque conseguimos tan solo 5.000 euros. Pero debimos cometer algún error porque al salir John nos esperaba mientras nos apuntaba con un rifle. Yo reaccioné de inmediato y atrapé a una chica que pasaba por la calle y la tomé como rehén. Me escabullí tras una esquina mientras dirigía la pistola a su sien. Corrí como alma que lleva el diablo. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que Diana no me seguía.

─ ¡Coño! pensé que me iba a imitar─medité mientras me paraba a reflexionar.

Oí un disparo y salí de mi ensimismamiento. Corrí hasta casa. Lo primero que hice fue encender la televisión. En el noticiario ya transmitían la noticia de la muerte de Diana, que había recibido un balazo en el corazón. El alma se me cayó a los pies. Me sentía vacío. Aquello no podía estar sucediendo. Al cabo de unos minutos mis hombros convulsionaron y sollocé como nunca antes lo había hecho. Supe que se había ido la razón de mi existencia. Como siempre nos cubríamos la cara con un pasamontañas negro no podían identificarnos. Pero muerta ella sería cuestión de tiempo que la relacionaran conmigo.

Lo primero que hice fue adquirir en el mercado negro un DNI falso con una nueva identidad. Me compré un chalet en Cercedilla. Me hice unos retoques faciales para cambiar mi cara y me teñí el pelo de rubio. Estaba irreconocible. Nadie podría identificarme salvo por las huellas dactilares o el ADN.

Aun así durante una temporada evité salir a la calle en la medida de lo posible. Encargaba un pedido on line o enviaba a mi robot doméstico a hacer la compra. El problema principal era mi estado de ánimo. Me sentía incapaz de asumir la pérdida de Diana. Pensé que era un proceso que debía elaborar poco a poco, pues el duelo era muy reciente. El problema es que transcurrieron dos meses y seguía hecho polvo. No hacía más que llorar la muerte de mi compañera. Ni podía ni quería vivir sin ella. Y lo peor de todo es que me consideraba culpable de su muerte. Tenía que haber evitado desde el principio involucrarla en los atracos o al menos no debía de haber huido sin ella.

Valoré mis opciones. ¿Qué hago, me suicido o me entrego? Opté por la segunda alternativa. Al menos expiaría mi culpa. Busqué a John a través de la Embajada americana y le revelé mi identidad. Y aquí estoy ahora, en una prisión de máxima seguridad. He decidido estudiar Derecho a distancia para luchar por los desahuciados como yo, involucrados en actividades delictivas porque el sistema no nos deja otra opción. Además, me planteo publicar un libro sobre nuestra historia. Te lo dedicaré a ti, Diana. ¡Va por ti!

 

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