El amor se fragua en el plató.

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EL AMOR SE FRAGUA EN EL PLATÓ

La primera vez que la observé a través de la pantalla pensé: tiene que ser mía. Esa melena color caoba que le caía como si de una cascada se tratase hasta la cintura en suaves capas desniveladas, esos labios carnosos que reclamaban en silenciosa súplica –bésame-, y esos ojos, que parecían refulgir como zafiros resplandecientes, tributos que me conmovían hasta el punto de reclamar mi derecho a disfrutarlos. Su belleza radicaba en la armonía de sus rasgos y facciones. Toda ella desprendía una gran vitalidad. Por las mañanas, deseaba levantarme para encender la pantalla y verla. Su sonrisa me deslumbraba. Desayunaba con ella, comía con ella y me dormía pensando en ella. Era una diosa encarnada que exigía su derecho al trono en este paraíso terrenal. Continuamente, invadía mi pensamiento y mi vida. No podía dejar de pensar en esa mujer. ¡Y qué fuego emergía de sus entrañas¡ Tal llama la elevaba a la categoría de una deidad.
Mis amigos no me comprendían. Cuando compartía con ellos mis sentimientos por Sonia, que así se llama mi amada, me decían que me olvidara. Uno de ellos incluso me recomendó que asistiese a un psiquiatra. ¿Estaba enfermo de amor? Si estar sublimemente enamorado constituye una patología, entonces sí estaba enfermo. Ella dotaba de sentido mi vida. He aprendido a convivir con la contradicción. Por un lado, pensar en Sonia y en sus atributos me colmaba de felicidad pero por otro, sentir que aún no formaba parte de mi vida me llenaba de desdicha.
Soy diseñador gráfico. Con mi portátil trabajo desde casa por las tardes, ya que por las mañanas me entrego a Sonia. Un buen día, salió en el programa una misiva que cambió por completo mi vida. Rezaba así: -Si quieres participar como público en el programa, contacta con el siguiente teléfono…-No podía dar crédito a mi suerte. Esa era la oportunidad que estaba esperando. Llamé al instante y me confirmaron que podría asistir al día siguiente. Sólo tenía que estar a las 08’30 h. en un punto del sur de la ciudad para tomar un autobús que nos conduciría a los estudios televisivos. Aquella noche no pegué ojo. Sonia dominaba mi pensamiento y yo contaba las horas que me restaban para conocer, por fin, a mi amada. A las 06’00h. me levanté. Me duché y me embriagué con mi mejor fragancia. Me afeité muy bien, me apliqué mi loción aftershave y me puse mis mejores galas. Me encaminé al punto de encuentro. Un grupo de jóvenes esperaban con paciencia al autobús. Nos recogió a todos y cuando llegamos a los estudios me sorprendió la magnanimidad de sus instalaciones. Nunca antes había estado en un plató. Los focos inundaban el techo, los había de todos los tamaños. Los paneles eran móviles. Hasta el sofá en el que se asentaban los invitados tenía ruedas.
-Tú te sientas aquí-me dijo la coordinadora del público, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.
-¡Guau! En primera fila. ¡Oh, Dios, ahí estba ella! No es posible. Era más guapa todavía al natural. El personal no cesaba de darle los últimos retoques con laca y maquillaje. ¿Para qué? Si no los necesitaba. Lo suyo era belleza natural. Sonia no cesaba de repasar el guión.
-Prevenidos ¡ya!-dijo un técnico mientras hacía descender un papel enrollado.
Sucumbí al hechizo de su voz aterciopelada cuando empezó a hablar. Juro que en ese momento me sentí celoso de la cámara, que seguía sus movimientos a modo de un coqueteo seductor. Apenas me enteré de la entrevista que mantenía con sus invitados porque me sentía obnubilado mientras seguía el fluido movimiento de sus músculos pectorales.-¡Que cadencia rítmica tan llena de armonía!-pensé para mis adentros. Y cada vez que se levantaba el desplazamiento ondulante de sus caderas me volvía loco. Además, su melena cobriza se agitaba como si estuviera a merced del viento. Traté de disimular, como pude, una involuntaria erección. Menos mal que llevaba un periódico. Solo deseé que no me enfocasen justo en ese momento.
El programa siguió su curso y cuando me quise dar cuenta ya había terminado. Había perdido la noción del tiempo. Mi turno había llegado. Me acerqué a ella con sigilo mientras disfrutaba de su embriagadora fragancia. Me presenté:-Señorita Sonia, soy Daniel y me considero su más ferviente admirador.
-Encantado, Daniel-me respondió mientras me tendía la mano. Me dirigió tal sonrisa que juro que ese instante se quedó congelado en mi mente. Me quedé tan petrificado por la emoción que fui incapaz de articular palabra alguna. Cuando me di cuenta la ninfa de mis sueños se había esfumado. ¿Y eso era todo? No podía quedar así la cosa. Hervía en mi fuero interno un ansia tal por poseer a esa mujer que me equiparaba al guerrero fiero sediento por exhibir sus atributos en el clamor de una batalla.
Traté de sumergirme en mi trabajo de lleno, aunque las interferencias en mi concentración eran continuas. Sonia se había instalado en mi imaginación como una intrusa. Recuerdo que me restregué los ojos, agotado, como si así pudiera ahuyentarla. Como un autómata, me levanté y telefoneé para asistir como espectador del programa. Pero esta vez trazaría un plan. Cuando finalizase la grabación le pediría una cita.
Al día siguiente me sentí un privilegiado cuando me volvieron a ubicar en la primera fila. Cuando la bella hizo su aparición me quedé boquiabierto. ¿Eran imaginaciones mías o estaba todavía más despampanante que la vez anterior? Su escote era más pronunciado, sin duda. Sus protuberancias se dejaban entrever de un modo sumamente evocador. Mientras le daban los últimos retoques de maquillaje, me pareció que me miró un instante. La forma de posar su mirada sobre mí me resultó muy perturbadora. ¿Pretendía lanzarme algún tipo de mensaje encubierto? La observé con atención pero concluí con una respuesta negativa. Yo era uno más. ¡Qué decepción! A pesar de todo, me pasé todo el programa embobado, rendido a sus encantos. Al finalizar el mismo, le pedí un autógrafo. Casi me desvanezco. Hasta su aliento despedía un efluvio sublime. Y un único roce con sus dedos se asemejó a una sedante caricia. Me quedé tan bloqueado que cuando me quise dar cuenta tan solo un halo de magnanimidad quedaba como reducto de su presencia. Atontado, salí del plató. Un tablón de anuncios llamó mi atención. Me acerqué y unas circulares divulgaban ofertas de trabajo. Intrigado, las leí. –Vaya, esto sí que es una sorpresa-pensé al leer: se requiere diseñador gráfico con nociones de edición de audiovisuales. Interesados enviar el currículo al siguiente correo electrónico…dictaba el anuncio.-Coincide justo con mi perfil. –pensé. Así que en cuanto llegué a casa envíe el currículo a dicho email, lleno de ilusión y confianza en que conseguiría el puesto. Y, mira tú por donde, al día siguiente me citaron para una entrevista en la misma cadena de televisión del espacio de Sonia. Me explicaron que necesitaban editar vídeos musicales de varios cantantes para su difusión. Acepté todas las condiciones sin reservas y a los dos días me llamaron. No daba crédito a lo que oía. El puesto era mío. Empecé un día después. Me personé en los estudios a las 09’00 h. de la mañana. Me presentaron a la estrella de turno y a grabar. En general, tardaba unos tres días en registrar y retocar el vídeo. Estaba encantado de la vida con mi nuevo curro. En una de las ocasiones salí un rato para fumarme un pitillo y allí estaba ella, tan segura de sí misma como una diosa sabedora de sus múltiples cualidades y poder, celosamente guardados para asentar su reinado. Con la misma rapidez con la que salió entró al plató. Su marcha era precedida por un rítmico sonsonete, producto de sus tacones de aguja. Mientras abría la puerta reparó en mi presencia y ¡me guiñó un ojo! Me quedé tan atónito que un súbito cosquilleo descendió hasta mi estómago. Aquella noche casi no pude dormir y lo poco que lo hice soñé con mi ninfa, indiscutible protagonista de mi universo onírico.
Mis amigos manifestaron su preocupación por mí cuando empecé a adelgazar a marchas forzadas, debido a mi repentina pérdida de apetito. –Tío, tú no estás bien. Ni comes ni duermes-me decían unos. –Tu enfermedad se reduce a tu enamoramiento. Pídele una cita-me decían otros. Lo único que me absorbía hasta el punto de apartarla de mis pensamientos era mi trabajo. A pesar de esos contactos ocasionales mantenidos con la musa de mi vida, sentía tal distancia entre nosotros que se me antojaba insalvable. Entonces, empecé a ponerme melancólico. Mis rutinas se reducían a ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Y una vez que estaba en mi hogar, del sofá a la cama y de la cama al sofá. Dejé de atender las llamadas de mis innumerables amigos. La apatía dominaba mi vida excepto el ámbito laboral. Ni siquiera me apetecía realizar las tareas domésticas, en las que siempre me había desenvuelto bien. En este plan, decidí contratar a una empleada de hogar, que además de limpiar la casa me preparaba las comidas, porque no me apetecía ni cocinar. El único hiloconductor que me conectaba al mundo era mi trabajo, en el que me sumergía como una tabla de salvación a la que se aferra un naufrago en alta mar.
Un día, dos de mis amigos se presentaron en mi casa con el semblante preocupado. –Tío, no sabemos nada de ti. ¿Qué tal estás? ¿No ves que estás hecho polvo? Es evidente que sufres mal de amores. A ver, ¿cómo se llama la afortunada? Resignado, les señalé el sofá para que se acomodasen. Les serví unas cervezas con aceitunas rellenas pero comprobé que, atribulado por la tristeza, no me apetecía ni hablar. –Venga ya, tío. Con ese careto no vas a ninguna parte. Y aféitate, que esa perilla no te favorece.-Al ver que me ofusqué en mantener mi silencio, empezaron a darme consejos. –Se trata de Sonia, ¿verdad? la guapa presentadora de televisión de la que nos has hablado.-Asentí con gesto apesadumbrado. –Pues nada más fácil. Ahora que trabajas en la tele, proponle una cita. Eso o le envías un ramo de flores con un mensaje romántico.-decía un amigo. –El romanticismo está pasado de moda. Es mejor que vayas directo al grano. Pídele su número de teléfono-decía otro. Hastiado, me levanté y sin mediar palabra, les acompañé hasta la puerta. Mi mente era un hervidero en plena ebullición. ¿Por qué no realizaba una intentona? A lo mejor funcionaba.
Al día siguiente, cuando me la crucé por uno de los pasillos, me envalentoné y le dije:
-Sonia, soy uno de tus más fervientes admiradores. Me llamo Daniel y trabajo como diseñador gráfico en la edición de vídeos. Me encantaría salir contigo- Sonia clavó su mirada en mí de un modo tan penetrante que me quedé petrificado. Entrecerró los párpados y con desparpajo respondió:-Sí, ¿por qué no?- Y acto seguido, apuntó su teléfono en mi mano. -¡Guay!-exclamé yo mientras se despedía guiñándome el ojo. Juro que desde aquel momento me sentí hombre nuevo. El entusiasmo renació en mí. Nada más acabar mi jornada laboral la llamé sin dilación. –Hola, soy Daniel. Me gustaría invitarte a cenar mañana por la noche. ¿Es posible?-Como no, pero temprano, por favor, sobre las 20 h. porque madrugo mucho.-Perfecto. ¿Conoces el restaurante del hotel Rex? Está en la azotea y tiene unas vistas impresionantes. –Muy bien. Allí estaré.
No me lo podía creer. Por fin tenía una cita con la mujer de mi vida. Y todo había fluido del modo más sencillo. ¿Cómo me había complicado tanto?
El día siguiente se me hizo muy largo, deseoso como estaba de que llegara la noche. ¡Por fin llegó el momento! Me engalané. Ensayé varias veces mi sonrisa de seductor frente al espejo y me rocié mi mejor perfume. Reconozco que me comportaba como un adolescente en su primera cita. Me encaminé al restaurante y…allí estaba ella. Cuando percibí su figura erguida me temblaron hasta las piernas. Era tal su atractivo que hasta la sombra que proyectaba resultaba insinuante. Exhalaba el humo mientras desplazaba la cabeza hacia atrás. Juro que se me cortó la respiración cuando un foco le alumbró. Su vestido negro resaltaba sus curvas de un modo sugerente. Acababa de llegar y ya estaba teniendo una erección. Me dirigí al lavabo, restregué con agua mi cara y me di unos minutos. Inspiré y espiré, en un intento por relajarme. Conseguí serenarme. Me dirigí a Sonia y con naturalidad, la besé. Me sentí como el astronauta que es transportado a una órbita espacial y sus sentidos adormecidos estallan ante la contemplación de las maravillas del mundo sideral. Su voz era tan sedosa que me sumí en una melodía de irresistible placer. La cena también fue inolvidable. Entremeses variados, una ensalada tropical, codornices estofadas con uva moscatel y tarta de chocolate hicieron las delicias de nuestros paladares. Mi beldad mostró su vulnerabilidad cuando se sinceró conmigo. Hacía seis meses que se había separado. Confirmó que yo le gustaba y quería conocerme mejor (cómo disfruté con esto). Mi princesa tenía heridas sin cicatrizar. Así lo revelaba el fulgor de sus ojos por las lágrimas no derramadas. Quería ir despacio a la hora de implicarse en una nueva relación. No pude por menos que ofrecerle mi consuelo. Al final de la cena nos asomamos al magnífico mirador. La Gran Vía centelleaba con todo su esplendor en la noche madrileña. Contemplamos con nostalgia el cinematógrafo que presidía la entrada al restaurante, ya que en una época anterior ese hotel había sido un cine. Sentí añoranza de tantos grandes estrenos que se habrían esperado con anhelo en este espacio. Aquella noche fue inmemorial. Me despedí con un ligero roce en sus labios que me trasladó de golpe a las estrellas. Le siguieron otras muchas noches. Y cada velada resultaba mejor que la anterior. Nuestro amor hirvió con la ebullición de nuestras caricias y besos. Al cabo de un año nos casamos. Y hoy en día nuestros dos retoños corretean alegres por el jardín de nuestro chalet. Son dos querubines pelirrojos llenos de encanto. En la televisión les gustó tanto el resultado de mi trabajo que me hicieron un contrato indefinido. Puedo decir que hoy soy un hombre feliz. He alcanzado la plenitud en el amor y en el trabajo, y como padre vibro de alegría por esos duendecillos que son el puro retrato de su madre, mi hada terrenal.

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