El engendro. Episodio I: de las consecuencias que de un accidente se desprenden.

Siempre me ha costado mucho asumir las pérdidas en mi vida. Supongo que, como a la mayoría de las personas. Para que se hagan una idea: se me murió el perro, Sultán, un precioso cruce de mastín y setter. Tenía el tamaño del primero y el carácter del segundo. Imagínense que manojo de nervios era. Doce años lo tuve conmigo. Bueno, pues lo tuve muy claro. Decidí disecarle. Y hoy en día, Sultán preside el salón de mi casa desde una posición privilegiada.

Luego me casé. Mi marido era corredor de bolsa. Era tan bueno que nos hicimos millonarios en dos años, gracias a su olfato para las acciones e inversiones. Luego, tuvimos a mi pequeña…Lo siento, no puedo evitar emocionarme cuando hablo de ella (se suena la nariz con un pañuelo). No es porque fuera su madre pero la niña era un ángel en miniatura.

Todo aconteció en un periquete. Una tarde veraniega, de esas en las que el mercurio adopta una posición ascendente hasta alcanzar cotas casi infernales, decidimos irnos a pasar la tarde a un lago cercano. Mi marido es muy aficionado a la pesca. Así que cogimos nuestra canoa y nos ubicamos los tres en el centro del lago. De repente, me sorprendió oír el rugido de una moto acuática. Me extrañó sobremanera. Al fin y al cabo, yo pensaba que el uso de tales actividades acuáticas estaban prohibidas en aquel pantano. De repente, el conductor, un adolescente viró y puso la moto en dirección frontal a nosotros. No me podía creer lo que mis ojos veían. El joven incrementó la velocidad a límites exponenciales mientras cruzaba la laguna para ¿embestirnos? Me quedé petrificada. Mi marido tenía mucha sangre fría para no perder los estribos en situaciones complicadas. Pero yo me bloqueo y pierdo la capacidad de reacción, como me ocurrió en aquella ocasión.

Segundos antes de que se produjera la colisión vi que mi marido cogía a nuestra pequeña, que tenía año y medio y se lanzó al agua. Yo, que estaba paralizada, salí expulsada con violencia tras producirse el choque, al igual que el chico de la moto. La frialdad del agua me devolvió a la realidad. El vehículo comenzó a arder. Yo no tenía más pensamiento que salvar a mi pequeña. Me dolía mucho el brazo, que resultó herido tras el impacto. Casi no podía nadar y, presa de los nervios, empecé a hundirme. Oía la voz de mi esposo, que llamaba a la niña y se sumergía continuamente. Un testigo del incidente, un lugareño que tenía su barca remolcada en la orilla del lago, la desató y me auxilió de inmediato. Mi marido se mantenía casi todo el tiempo sumergido. Solo salía a la superficie para aspirar algunas bocanadas de aire. Así transcurrió el cuarto de hora más largo de toda mi vida.

Empecé a convulsionar, por la agitación,  presa de un ataque de histeria. Por fin,  mi pareja subió a la barca. Sus temblores denotaban nerviosismo e hipotermia.

¿Dónde está nuestra hija…? Le gritaba yo con descontrol. ¿No la salvaste?¿No la cogiste en brazos? Chillaba mientras las le golpeaba con los puños y estallaba en sollozos. Mi marido me abrazaba. –Cariño, se me escurrió cuando caímos al agua. Está muy turbia. Se hundió. No he podido rescatar a mi pequeña…Y también le invadió el llanto. El cuerpo de mi cría, tan rubita con esos tirabuzones dorados y esa expresión angelical en sus ojos azules, no apareció hasta seis horas más tarde, gracias a la intervención del cuerpo de bomberos.

El demonio que provocó el accidente salió ileso. Estaba bajo los efectos del alcohol. Le denunciamos, pero eso no nos iba a devolver a nuestra hija. La sentencia judicial le condenó a trabajos comunitarios y sus padres tuvieron que abonarnos una indemnización. ¿Y qué? Me faltaba lo más importante en mi vida. La gente trataba de animarme con argumentos que no me convencían: eres joven, puedes tener más hijos…Yo quería a mi chiquitina. Y me la habían arrebatado de la forma más absurda.

Mi marido, lleno de remordimientos y sentimientos de culpabilidad por no haberla salvado, no volvió a ser el mismo. El pobre, cómo iba a imaginar el final que le esperaba. No se lo deseo ni a mi peor enemigo. Se pidió una baja por enfermedad, que luego se reconvirtió en una incapacidad permanente para la profesión habitual. La depresión le carcomió hasta convertirlo en una sombra de sí mismo.

Y yo, con mis dificultades para tolerar pérdidas, no podía soportar la ausencia de mi vástago. Nos cambiamos de casa. De nada sirvió. La mansión victoriana a las afueras de Londres nos acogió con todo su esplendor. Éramos unos náufragos de la vida. No teníamos ilusiones, ni sabíamos en qué dirección fijar el rumbo de nuestra vida. Estábamos extraviados.

Una de las veces que miraba, de forma mecánica, nuestro plasma de 60 pulgadas, vi un anuncio que me llamó la atención. Un centro de robótica se inauguraría en dos días, en Dallas(U.S.A.). Corría el años 2.040 y ya habían pasado dos años de lo de mi niña. Por primera vez desde que la perdí, sentí que un aliento de apego a la vida renacía en mis entrañas.

-Tenemos que ir allí- Le expresé a mi marido, que también veía la pantalla como si de un autómata se tratase.

-¿Para qué? Contestó también de forma mecánica.

-¿No lo has adivinado? Muy fácil. Tenemos que conseguir que diseñen un engendro lo más parecido posible a nuestra hija, que llore, ría, hable y juegue como cualquier otro niño.

Me devolvió una expresión atónita en su mirada.

  • Hablo en serio. Tenemos que ir a Dallas.
  • Vale, pues ve tú.
  • No te entiendo. Es nuestra oportunidad para recuperar a nuestra hija y tú vas y te quedas ahí parado.
  • Nuestra hija murió. No la pudimos salvar. ¿Qué quieres que haga?
  • Me voy a Dallas.
  • Allá tú.

Por primera vez desde el accidente, volvía a ser un poco yo misma. La ilusión por conseguir un engendro mecánico que emulara a mi hija me conectaba, de nuevo, a la vida.

No me costó hacer las gestiones por Internet. Ya tenía mi billete para el avión en primera clase con destino a Dallas. Saldría al día siguiente. Esa noche, casi no pude dormir de la emoción.

Tras un viaje muy relajante, aterricé en Dallas. Degusté la hamburguesa especial de la casa en un rústico restaurante y me encaminé al centro de robótica. Llevaba varias fotos de mi hijita.

Lo primero que dije cuando me recibieron en el departamento de atención al cliente fue:

  • No quiero escatimar en gastos. Pagaré todo lo que sea necesario. Quiero que fabriquen un robot que sea una imitación de esta niña.
  • Sus funciones serían muy limitadas. Aún no estamos muy desarrollados. Su encargo se sale de la tónica de lo normal. Lo que más construimos son robots que laven, frieguen y limpien la casa.
  • Insisto, les pagaré lo que sea, insistí yo emocionada. Quiero que tenga unos seis años. Es imprescindible que hable, camine, corra y juegue.

El operario avisó al director del centro, que acudió ipso facto y se quedó mirándome fijamente para echar, a continuación, su vista, a las fotos de mi niña.

  • Imagine cómo sería esa niña cuando cumpliese seis años. Así quiero yo que me la diseñen.
  • Señora, nos pide algo muy difícil.
  • Pero, no imposible, ¿verdad? Le consulté con un fajo de billetes de los grandes en mi mano. –Estoy dispuesta a pagarles un anticipo.
  • Calculo que tardaremos en diseñarla unos seis meses. Le avisaremos.

Emocionada, me quedé un par de días para hacer un poco de turismo. El museo del sexto piso en la plaza Dealey no tiene desperdicio. Me sentí absorbida por la exhibición sobre el legado de J.F. Kennedy. La torre reunión también me resultó impactante. Este monumento también es conocido como la pelota de golf de Dios. De todos modos, estaba abstraída, sumergida en mis propios pensamientos. La idea de volver a tener una representación de mi niña me volvía loca de contenta.

Una vez de vuelta a Londres, mi entorno no me apoyaba con esta idea:

  • Tú estás loca, me decía una amiga. Tener un robot en casa no te va a devolver a tu hija.
  • Conecta con la realidad- no pretendas huir de ella- Me decía otra.

Yo asentía, pero en el fondo me daba igual. Yo iba a tener una representación mental de mi hija y eso era lo que importaba.

Y así, presa de la impaciencia, pasaron los seis meses de plazo. El envío de un email del director del centro de robótica me confirmó que ya estaba preparado el engendro mecánico.

Ardía de impaciencia, pero me preocupaba mi marido, que seguía sumido en la más profunda apatía. Le daba igual todo. No estaba por la labor de acompañarme. Bueno, peor para él. Él se lo perdía.

De nuevo, me aventuré en un avión con destino a Dallas. A la vuelta, no vendría sola, eso seguro, lo cual alentaba mi estado de ánimo. Cuando la vi por primera vez, se me llenaron los ojos de lágrimas. El parecido con mi chiquitina era enorme. El diseñador robótico supo captar bien la expresión de sus ojos. Mediría 1’20 metros. Hablaba, reía, caminaba. Era perfecta.

  • Si se produce algún incidente es muy importante que contacte con nosotros. Le hemos instalado un cerebro mecánico muy potente, con unos circuitos eléctricos infalibles. Pero, como toda conexión, puede tener fallos en sus estructuras. Y yo le aconsejo que no la trate como a una humana, por preservar su propia salud mental.

Reconozco que ese comentario me sacó de mis casillas.

-¿Qué insinúa?¿Me está llamando loca?

– Señora, nada más lejos de mi intención. Solo le prevengo para que no trate al robot como si fuera una persona, porque puede ser contraproducente.

– Bueno, si tengo algún problema, ya volveré a ponerme en contacto con usted, le dije tras extenderle el cheque con una cifra desorbitante.

Y me la llevé. Me cogía de la mano. Me llamaba mamá. Venía con un complejo manual de instrucciones. La gente nos miraba por la calle. No me importaba con tal de realizar mi sueño.

Mi esposo también reaccionó favorablemente al ver el sorprendente parecido. A él le llamaba papá. La niña se sentaba con nosotros en la mesa y aunque no necesitaba comer, emulaba los movimientos correspondientes con los cubiertos. Se reía mientras veía los dibujos animados. Yo estaba encantada de la vida. En cierto modo, volvíamos a ser una familia.

Pero nada me previno para lo que me iba a suceder después, una tragedia de índole mayor, si cabe, que la pérdida de mi niña. Una noche, nos encontrábamos los tres viendo la tele en el salón de nuestra mansión. Había una tormenta espectacular. Rayos y truenos competían para causar el mayor estruendo posible. A veces, nos cegaban los resplandores de los relámpagos. Mi marido yacía apoyado en el cojín del sofá adormilado. Mi niña, bueno, mi robot, simulaba comer palomitas. Y yo contemplaba preocupada el curso de la borrasca mientras pensaba en la posibilidad de apagar aparatos eléctricos.

Todo fue en vano. El mayor peligro era la atracción eléctrica que el engendro ejercía sobre la tormenta, que  ya de por sí tenía una fuerte carga galvánica. De repente y sin aviso previo, un rayo atravesó el techo a una velocidad de vértigo para descargar directamente en mi pequeña.

Un fuerte olor a quemado invadió la estancia. Mi esposo se despertó sorprendido. A mí el rayo me rozó un poco el mismo brazo que ya me lesioné con anterioridad. Jugadas del destino. Pero no di importancia a mi quemadura. El robot realizaba movimientos de forma desorganizada. Se levantaba y se sentaba, de forma repetitiva. Otra vez no, pensé para mis adentros.

Bueno, chiquitina. Vamos a la cama y mañana consultaré a tu creador.

  • No la toques. Déjala ahí. Seguro que está ardiendo- me increpó mi pareja.
  • ¿Tú crees?
  • No me cabe la menor duda
  • Bueno, vámonos a la cama.
  • ¿Cómo tienes el brazo?
  • Me duele pero puedo aguantar a mañana para ir al médico- respondí mientras me frotaba con aceite la quemadura.

Mi marido no volvió a despertar jamás. Como lo oyen. Esa noche murió por los efectos colaterales del suceso acontecido aquella nefasta noche.

A pesar del susto, pude conciliar el sueño pronto. De repente, un grito estremecedor emitido por mi marido me despertó. La niña, el robot, o más bien el monstruo, atacaba a mi esposo con sus dedos convertidos en cuchillas. El diablo personificado en ese ser tenía una fuerza descomunal. No podía quitársela de encima. Cuando vinieron los del servicio de emergencias, a los que avisé con inmediatez, ya era tarde.

Le había perforado la aorta a la altura del cuello. Mi esposo murió desangrado.

La historia se repite. De nuevo, tuve que interponer una denuncia por no avisar en el manual de instrucciones de la peligrosidad del engendro en caso de tormentas.

Cuando el director del centro de robótica compareció en el juicio dio una explicación muy técnica, pero que en lenguaje llano venía a decir lo siguiente:

Con la descarga eléctrica que el robot sufrió, que hubiera sido mortal para cualquier humano, se produjeron una serie de cortocircuitos en sus mecanismos cerebrales que despertaron una conducta violenta hacia los hombres.

Otra indemnización, pena de cárcel por homicidio involuntario para el director del centro robótico y caso cerrado. De eso, han pasado ya cinco años. A veces me pregunto: ¿Cómo asumí tan bien la pérdida de mi esposo, a pesar de que se produjo en unas circunstancias tan horribles? La respuesta me la dio la voz de mi conciencia. Mi pareja había dejado de ser él mismo hacía mucho tiempo. Su personalidad se había transformado por completo a raíz del accidente de nuestra hija. En otras palabras, se había convertido en un desconocido para mí. Aún así le añoré mucho. Y la experiencia me sirvió para madurar. Ahora acepto todo lo que la vida me depara, aunque a veces me cueste. Vivo el momento. Mi presente es mi presente. Ya no está condicionado por mi pasado ni por mi futuro. Y la vida me dio una nueva oportunidad. Me enamoré otra vez. Nos casamos y tenemos dos gemelas preciosas. Me recuerdan a mi primera hija, pero disfruto de ellas cada día como si fuera el último.

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